Mención categoria Narrativa "Elegía del negro azul"

Silvia Trujillo
Durante el mes de abril estaremos publicando todo los materiales reconocidos por el jurado que integraron Lucía Surroca, Gustavo Espinosa y Raúl Zibechi. Compartimos una de las menciones en la categoría narrativa.

      Del vientre infame de barcos negreros, de ancestros mudos, abuelos muertos, congos, benguelas, molembos, cabindas, nagós, mozambiques o luandas o nyanzas; de ancestros idos, abuelos viejos, polvo la carne, la piel y los ojos, polvo los huesos, polvo muy fino en el aire las lágrimas; de ancestros, sombras, fantasmas lejanos, abuelos tristes sonriendo en la nada, nudos girando en las curvas del tiempo había sacado el negro azul la piel. Piel negriazul como la noche, impávida; piel que muy, muy poco habían logrado desgastar los años.
     Por la calle Gaboto, por el Mediomundo, por los conventillos de Barrio Reus al sur y años más tarde, cuando los conventillos fueron derribados, en otros barrios, en puntos distantes de la muy fiel y reconquistadora, algunos caminando todavía por Palermo, se ven, se veían, negros marrones, achocolatados, negros lustrosos, con la piel de asfalto, negros más claros, con un matiz como el tabaco rubio, negros casi dorados, campos de trigo madurando al sol. Pero nunca, en ningún sitio, ni en los barrios primitivos ni en los barrios de la diáspora, ni entre las filas tupidas de negros caminando a pasos cortos dentro de las comparsas, con sus tamboriles colgando del talín y el mar de motas en oleadas negras avanzando temblorosas bajo las farolas, jamás de los jamases se había visto un negro azul.
     Eso es, al menos, lo que imaginaban ciertos habitantes de la inefable tacita de plata.
     Porque todas las mañanas, desde las penumbras de un zaguán en ruinas, un negro viejo, pobre, muy flaco y sin piernas salía a la calle en su silla de ruedas. Tieso, envarado, como una estaca clavada en la silla, movía, no obstante, de continuo, terco, brazos y manos con especial destreza. Tenía dos pozos en vez de mejillas y unos pómulos agudos, pronunciados, que casi afloraban por debajo de la piel. Una piel oscura, con inquietantes reflejos azules; una piel que ni la edad ni la miseria habían podido socavar del todo. Los ojos negros, vivos, se clavaban en la gente y en las cosas con la agudeza de dos ávidos cuchillos. Pero a la vez dejaban escapar, sin saber cómo, la pesadez de una tristeza inacabable.
     Y es que este negro azul, un negro viejo, solo, siempre impulsando su silla de ruedas, siempre aventurándose por calles largas, alejándose, volviendo, volviendo y alejándose entre casas grises, entre esquinas y bares y ochavas, no se sabe si era azul de tan-tan negro, tan-tan viejo, tan-tan triste, tan-tan sabio, o, simplemente, si ese color del negro azul no era otra cosa que el color de algún cielo de Ruanda (Ah, Ruanda, Aruanda), de la ya casi mítica Lubolia, de una aldea cercana a una selva, de una lejana patria grabada para siempre, a fuego, en la piel, en la sangre, en la memoria. (Esa memoria antigua con la que había nacido).
     Pero, de cualquier modo, no había negro más azul que el negro azul. No había, tampoco, negro más cansado ni más triste, aé…aé, negro no habrá ni había más punzado por el llanto, ¡Ahaaah…iuiuuuh!, negro no hay ni podrá haber con más cuchillos atravesándole la piel cansada, la memoria lúcida, la angustiosa soledad del corazón que con todo era rojo y latiente, cálido y acelerado como los tambores. Pasando quiniela, con la libreta cubierta de números sobre la sarga de azul desteñido, desvanecido por la vieja mugre del pantalón enrollado y doblado que le envolvía los muñones de las piernas, se iba muy lejos, hasta las quimbambas, se iba tan lejos bajo el sol rabioso, los vendavales, las ralas lloviznas, que al volver, a veces, su deforme sombrero de paja llegaba un poco más achicharrado o enternecido de humedades lentas, la camisa retostada o empapada y esa mitad del cuerpo siempre tan enhiesta en la silla de ruedas zozobrando en un furioso remolino de bolsas de nailon y papeles sucios, naufragando en un mar tempestuoso de latas vacías, polvo y hojas secas. Cuando entraba nuevamente en el zaguán y se internaba por el pasillo angosto, flanqueado de puertas, nadie salía a su encuentro, nadie se acercaba para ayudarlo a llegar hasta su pieza. Y es que nadie, o casi nadie, quedaba ya en ese mundo olvidado: un mundo de piezas y patios desiertos, un mundo triste, resignado y manso que sólo esperaba, como tantos otros de esos viejos mundos desaparecidos, la llegada puntual, inexorable, de la piqueta fatal del progreso. “Viejo barrio que te vas/ te doy mi último adiós/ ya no te veré más”. El negro azul pasaba sin escuchar las voces, la radio sonando en el piso de arriba. Llegaba a su pieza, después de atravesar un patio grande, abierto. Entraba, calentaba una caldera para el mate. Moviendo hábilmente sus manos y brazos se desplazaba por toda la pieza, buscaba una sartén, acomodaba un plato. Comía despacio, junto a una mesa chica recostada a la pared. Pasaba un rato largo pensando y fumando, fumando su pucho, pensando en sus cosas. Al fin, cuando el sueño empezaba a invadirlo, bostezando, cabeceando, la cabeza cada vez más inclinada sobre el pecho, quedaba dormido en la silla de ruedas.
     Esa era, más o menos, con pocas variantes que dependían del tiempo, los sueños, las cábalas y los benditos números de la quiniela –la sangre, el 18; el 20, la fiesta, el 50, el pan, y el 74, señor, gente negra-  la vida de siempre para el negro azul. La de los últimos años, al menos; la vida del negro, del hombre sin piernas.
     Pero había otra vida. Él la había dado por muerta, hacía tiempo, cierta tarde muy lejana, de febrero. Fue varios meses después del accidente. Las casas del barrio, deslavadas, grises, se veían brillar bajo una luz distinta, como pintadas en colores nuevos. Mientras pasaba en su silla de ruedas, algo, desde las profundas entrañas de las casas, desde los cuartos y patios oscuros, iba lanzando dardos pequeñísimos que traspasaban la piel del negro azul, se introducían, arteros, por sus venas, remontaban la corriente de su sangre para clavarse, al fin, exactos, crueles, en aquel puño crispado y latiente, que él creía defender a cal y canto. El corazón. Era febrero. Era la luz de un nuevo carnaval, o el mismo. El carnaval de siempre, que había vuelto. En los patios, en las puertas, en los zaguanes penumbrosos de las casas, los antiguos compañeros aprontaban los tambores. El candombe encendía brasas. Había fuego en los ojos, relámpagos fugaces que quebraban las caderas. Sordos retumbos, desde lo más hondo de los patios alejados, parecían anunciar el fin del mundo. Voces más agudas de los chicos y repiques, entreveradas con risas y cantos, convocaban quizás a un mundo nuevo. En medio del bullicio, el negro azul seguía avanzando, lento, saludando a veces con un gesto de cabeza, siempre erguido, muy recto, en la silla, siempre mostrando aquel aire impasible. Pero, de pronto, quizás por algún toque que le llegó muy hondo, quizás por otra cosa, bajó el negro la vista, miró los dos vacíos, la sarga doblada que le ocultaba los tristes muñones, y se vio otra vez, de golpe, derribado y aplastado por la furia  del camión. Y una vez más, como en el accidente, sintió la lucidez que se apagó de golpe cuando el dolor bajó un telón en su conciencia, pero que sin embargo le dio tiempo de advertir, entre gemidos, la pesadilla de sus piernas trituradas. Tan firmes habían sido, sus piernas, tan ágiles. Tan llenos sus pies de sensual indolencia, de cadencias pegajosas y como arrastradas para los pasos cortos con que acompañaba los toques del tambor dentro de la comparsa. El había empezado, como todos, con el chico. Pero poco después, y para siempre, para ese siempre que más bien fue nunca, que se acabó cuando perdió sus piernas, el negro azul hizo suyo el repique, se enamoró de sus toques vibrantes, acelerados, rítmicos, llamando a apurar a los otros tambores, contestándole al piano y al chico, conversando, trabándose en diálogos con los demás repiques.
     Esa era la vida, la verdadera vida.
     La que ahora estaba trunca, sepultada, yerta.
     Pero son raras las curvas del tiempo. Giran a veces en complejas espirales, dan vueltas en círculos, forman recodos y trampas sinuosas donde la vida, más que la muerte, acecha.
     Otro febrero. Otro febrero más había llegado, al fin. En su pieza, solo, el negro azul fumaba. Ecos lejanos, rítmicos, de a poco comenzaban a poblar el aire. Se acoplaban a los juegos de la luz en la ventana, reinventaban el mecerse de las sombras, los virajes de los  destellos en el polvo. Ya habían pasado las seis de la tarde. El negro azul, de pronto, sintió un leve temblor en las manos. También el cosquilleo, la súbita humedad que le cubría las palmas. Apagó el cigarro, casi sin pensarlo, y enfiló rumbo a la puerta en su silla de ruedas. Cruzó el patio invadido de yuyos, el patio que tenía por todo techo el cielo. Se fue alejando, lento, por el pasillo flanqueado de puertas. Llegó al zaguán. Alcanzó la vereda. Los ecos, afuera, se escuchaban más fuertes, más claros. Se dejó llevar por el llamado antiguo. Desde lejos, lo sabía, la voz de los tambores lo llamaba por su nombre. No eran sueños ni delirios. Cada golpe de los palos y las manos en los parches marcaba fuerte las letras, las sílabas. Esos sonidos, aliento sin forma, que de niño había aprendido a dibujar en un papel y que guardaban, desde siempre, cierta misteriosa relación con su persona. La humedad en las palmas de sus manos se hizo intensa, pegajosa. A la vez, sintió una brasa que quemaba su garganta. Llegó a la esquina de un bar, se detuvo. Un mozo asomó por la puerta en ochava. De lo profundo, resquebrajado de aquella garganta, el negro azul sacó un sonido ronco. Pidió una caña, la bebió de un trago. La cuerda de Cuareim no tardaría en llegar. Esa humedad de las manos, lo sabía, lo recordaba de pasadas épocas, era un amago del antiguo trance; la sangre desbocada, el alma arrebatada por el lento aproximarse de tambores. Volvió a sentir la garganta abrasada. Pidió otra caña, pero esta vez la bebió más despacio. Su cuerpo, la piel negriazul de su cuerpo chorreaba sudor y otra cosa más rara, lágrimas sonoras, repetidas por las viejas marimbas del viento, sangre vibrando con las mazacallas, furor de látigos y gritos hondos, tan-tan de tambores entre los muros del Cubo del Sur.
     De pronto, por el aire que moría entre dos luces, comenzó a oírse el bliquitiquibliquitiqui de los chicos dominando por encima de los otros toques, del borombombó con el borom-bom-bom, el bambambó con el bum-bum bam-bam, el chángalaca-tángalaca y el lúmbalaca-lúmbalaca-lumbam-bé, la creciente polirritmia de los tamboriles y otra vez, más alto, más agudo, ahora, más ensordecedor el bliquitiquibliquitiqui de los chicos sobrevolando la cuerda de Cuareim.
     La comparsa fue acercándose. Cuando la tuvo enfrente, el negro azul, que hacía rato esperaba, puso en movimiento su silla de ruedas. Fue acompañando el paso de aquel mar de gente, sintiendo muy cerca el calor, los sudores, el incesante agitarse del aire, la fuerte presión del sonido en el cuerpo. 
     Dos cuadras más allá, la cuerda de tambores se detuvo para templar las lonjas. Las llamaradas suaves de los compactos bolos de papel de diarios iluminaron, muy cerca del cordón de la vereda, las caras de los hombres en apretado círculo, proyectaron resplandores en la faz del negro azul.
     El aire de la noche se quebró de nuevo con el tan-tan, tan-tan, con el tuntún bam-bá, con el tuntún tuntún, con el tuntún bambó. Los toques ancestrales, los ritmos misteriosos con sus cadencias ininteligibles fueron creciendo vertiginosamente. La espiral del tacatán se apoderó del negro viejo azul, se le metió en la sangre y en los huesos y lo envenenó como una brujería. Creyó ver, a la luz de unos faroles mortecinos, entre los negros y mulatos y hasta los blancos avanzando juntos, alzando las manos, pegando en los parches, volviendo a subir de inmediato las manos con el mismo impulso con que habían bajado, una ola, una nube, un relámpago. Pero era una mujer, una mujer bailando. Pechos, cintura, caderas y brazos vibraban sin parar al compás de los tambores. Brillaba, con pequeñas perlas de un sudor estremecido, brillaba entera, de pies a cabeza. La mujer desconocida, con los quiebres y los giros de su cuerpo oscuro, fue metiéndose muy hondo, descendiendo, dando vueltas, fue llegando hasta un lugar muy enterrado, oculto, donde nunca se acababan de pudrir los sueños. Y de allí logró arrancar, sin darse cuenta, a otra mujer muy parecida a ella: la que un joven negro azul, con elásticas piernas, amó sin tregua, noches, días enteros, entre sones de repiques, entre jadeos, entre los gritos infernales de la baraúnda. 
     El tan-tan crecía. Mareaba el tacatán, el tacatán tan-tan. Había manchas de sangre sobre algunos parches, sangre de las manos de los tamborileros. Los tambores quemaban y ardían y el negro azul, de pronto, volvió a sentir el amago del trance. Fue primero un cosquilleo indefinible, nubes expandiéndose dentro de su cabeza. Después, cuando sintió erizársele la piel azul por un llamado que venía de lejos, el negro azul, tan-tan, tan-tan, el negro viejo ¡Oyá…oyé!, se levantó de su silla de ruedas. Y lo vieron bailar, tucutungutucúnducutucún, lo vieron girar sobre sus piernas de humo, lo vieron alejarse, ¡Oyá…oyé!, junto a la comparsa que pasaba, electrizada, que seguía pasando, interminable, lenta, sin parar de tocar los tambores, que pasaba para siempre rumbo a los altos portones de la madrugada.