Mención categoria Narrativa "Simplemente miel"

Mattias Rivero
Durante el mes de abril estaremos publicando todo los materiales reconocidos por el jurado que integraron Lucía Surroca, Gustavo Espinosa y Raúl Zibechi. Compartimos una de las menciones en la categoría narrativa.

La noche, la lluvia, monótonamente torrencial, y ese instante en que dudas, mientras escuchas desde el impacto la señal de un posible final para este mundo, si importará realmente abordar algún arca en esa oscuridad o simplemente deberíamos dedicarnos a respirar el aroma del asfalto helado, dejarnos envolver por otra bruma, entregarnos al empujón hacia otras playas más misteriosas y más justas. Alguien vaciaba baldes hinchados desde la bóveda de ébano. Nuestro dios rabioso había abierto los ríos del espacio. Desde el cielo debe haberse visto como se ensanchaba la bahía de Montevideo.
Sé que algunos ladrones adoran esas noches, ven los relámpagos sobre los techos bajos del suburbio y sienten latir la invitación para cruzar la ciudad y erizarse largos y mojados sobre algún muro, sobre las astillas de un vidrio grueso y preciso, sobre algún equilibrio entre pretiles. Y así, chorreando adrenalina santa, evocan esa supremacía del anonimato que amortigua los napos y los estallidos.
Algo parecido la inquietaba a Érica, que desde su habitación en penumbras contemplaba el espectáculo y comenzaba a intuir un desgarrador amor secreto detrás del muro líquido, insinuante como una sombra esmerilada. Respiraba el golpe unánime y brutal del agua dulce, veía desde lo alto los movimientos judocas del viento en las ráfagas de gotas que se disputaban el aire y la calle, chocando, cediendo y arreciando aquellos desolados territorios de la nada. Era inevitable imaginar el río, un poco más abajo, su bravura susurrante del impulso químico del naufragio, del terror inmediato, de la suavidad de la entrega, de la rendición del náufrago a la suerte del mar.
Giró algunos movimientos en la semisombra proyectada por la lámpara del escritorio y el tenue temblor del monitor de su computadora. Tenía una apocalíptica noche de sábado para sostener. Pensó en revisar el primer disco de Arcade Fire y amasijar su soledad, pensó en armar un porro y parapetarse en la trinchera de su cuarto, y desde el sexto piso enfrentar la tempestad con la locura. Pero el paisaje la hipnotizaba y le reclamaba movimiento, le reprochaba su quietud, su pasta de heroína autoexiliada. Podía pedirle el auto al padre, escuchar su consejo, enfundarse en el asiento del piloto y rajar.
Buscó en la compu algún contacto activo y encontró a Boris, un vendedor de frula, hierbas y cápsulas de Malvín. Sus ojos deliciosos se achicaron por el brillo de la pantalla, su pelo verde resplandeció catódico y decidido.
-Hola? Boris- escribió –Alguna buena banda o droga para recomendarme esta noche?-
La respuesta no se hizo esperar, el rostro fino y blanco de Érica, su cabello apenas rozando los hombros y sus muecas nórdicas de diecinueve años, le sugerían a Boris invitarla a pasar la noche juntos pero se contuvo, contentándose con hacer un comentario:
-Me leíste el pensamiento. En realidad pensaba que es una buena noche para aquello. Pero embagallarse hasta la manija no estaría mal. Tengo algo sintético que mañana se llevan a Punta del Este pero puedo hacer una excepción con vos.-
- Extasis?-
- No, no es para agitar, es como más tranqui, es para que los chetos vayan a la playa y terminen hablando con las focas muertas. Jajajajaja.-
Preguntó el precio y le pidió que la esperara hasta una determinada hora. Tras lo cual concretó la preparación de la huida. Cuando abrió la puerta del edificio y las pavesas líquidas a alta velocidad le enfriaron la cara en un segundo, se detuvo a cerrar los ojos haciendo una reverencia en su cerebro al monstruo maravilloso que gemía habitando en la profundidad del abismo de esa noche.
Se acomodó en el asiento, recogió su pelo verde que ya mostraba las raíces oscuras, se secó la cara con el buzo y se detuvo a disfrutar de su nueva posición y del sonido de la lluvia sobre el techo. Antes de encender la chispa, pacientemente buscó un retroantídoto en la radio.
Una canción le hizo latir sus ojos rojos y el motor empezó a trepar la noche siguiendo la sutileza de los trazos de una música de océanos. El vaivén dulcemente somnoliento de la voz de Dean Wareham le trajo en un flash a la amante blanca de su corazón. Por enésima vez volvió a perturbarla, a asaltarle ese espacio de la mente que llamamos futuro. Y a pesar de que Érica sabía lo estéril de repasar una y otra vez los momentos vividos, invocarlos y desmenuzarlos con precisión quirúrgica para embarcarse en resolver pequeñas incongruencias del relato de aquel amor pasado, sobre los malentendidos, sobre posibles bifurcaciones que hubiera podido tener la trama si tal o cual cosa hubiera sucedido, de pronunciar en silencio las palabras dichas  y concentrarse para volver a oír en el éter el timbre acampanado de su amada; a pesar que sabía de su inutilidad, las olas la llevaban. Esa ausencia volvía, desde el lecho más perfumado de sexo y palabras a la nada, a la noche y la tormenta. Era desde el ombligo que retornaba físicamente la angustia en forma de puñal, que después subía pacientemente por el plexo y a medida que por reflejo empezaba a tragar saliva se apresuraba el corte, hasta quedarse atascado en el cuello.
Cruzar la ciudad no fue fácil. Los desagües estaban saturados, las olas que despedían los otros autos llenaban los cascos de las naves de barro, el cronómetro casi inservible del limpia parabrisas la hizo conducir con lentitud mientras la dulce voz desde el parlante la sanaba un poco y le retenía la velocidad. Cada tanto podía ver las luces de los edificios, cada tanto creía oír la vieja canción de aquellos túneles multitudinarios.
Encontró a Boris. Estaba en plena faena de maruja y documentales sobre mariposas que viven cerca del mar, la luz azul que había insistido en colocar en el living cubrió acuáticamente ambos rostros mientras empezaban el negocio. Estaban en el fondo del mar:
-Primero sentís un gran placer – dijo Boris- una sensación de paz interior, como cuando te hechas en la playa en la noche de Valizas y te dedicas  a mirar las estrellas. Pero después arranca lo bueno, el eclipse, que dura como una hora. Sentís como un aire que sobrevuela, que te atraviesa, una especie de humo, como un fantasma pero sin forma que sobrevuela y te perfuma toda. Te recomiendo concentrarte en algo, en un sabor, en una imagen, ese fantasma va a ahumar las cosas del color que vos elijas.-
Érica se mando la bola sin decir agua va. Su sonrisa se volvió un bocado de dioses para Boris que palpitó con ella la ingesta en el leve temblor de los labios. Se despidió diciendo que tenía que encontrarse con alguien y apenas empezaba a bajar las escaleras (la luz de esas escaleras tiene un sistema que se apaga luego de cinco minutos), su paso se fue enlenteciendo entre los truenos. Cuando la luz se apagó y un viento furioso abrió de un tirón una ventana, los relámpagos exaltaron otro azul distinto. Llegó a ella entre el frío el aroma dulzón la tierra anegada.
    El vendaval la arrastró las pocas cuadras que la separaban de su auto. Podría decirse que levitó o voló, se dio el gusto de aplacar la sed bajo la lluvia. Apenas pasó al bramido silenciado del interior del coche, las musas de su viaje empezaron a llamar a sus oídos. Sus ojos estaban transportados. El eclipse le dejó una asociación de gotas inquietantes, mientras empezaba a hervir el parabrisas, como en otra noche, con otra tempestad, mucho tiempo atrás, reservada al recuerdo de algo parecido a la felicidad que había compartido con la amante blanca de su corazón, que no la soltaba desde el ayer, allá lejos, lejos allá atrás. Recordó, siguió recordando.
    El recuerdo se concretó en una electricidad vívida, tanto así que valía la pena detenerse y concentrase en el clima y en el tiempo crónico en que había sucedido lo otro lejos. El rostro de aquella antigua compañera era la parte más compleja de la reconstrucción. Su quijada fina, sus cejas sutilmente extendidas, la oscuridad de sus ojos casi chinos, la blanca piel suave y la sonrisa, sobre todo la sonrisa era de una belleza letal. Poder volver a armarla desde distintos planos con tanta perfección la hizo temblar. Una vez creyó que hubiera sido capaz de recordar y escribir cada una de las palabras que entre ellas habían construido ese puente mal tendido y de lo más goloso. Odió la imposibilidad química de actualizar el contacto con su piel tan preciso y único. Cerró fuerte los ojos y así se quedó. Levemente empezó a sentir cierta tibieza en el lado derecho de su brazo derecho, inhalo un perfume apenas perceptible y se quedó auscultando la oscuridad de su retina, diciéndose que aquella vianda era una verdadera masa. Cuando abrió sus ojos oscuros, vio entre las nubes de un sopor de viaje loco, a su lado, aquellas cejas largas, aquella boca sonriendo y callando fantasmagóricamente desde el asiento del acompañante. No tuvo miedo, al contrario, la enfrentó decidida mirándola a los ojos, a sus hermosos ojos. Entendió que debía  extender en el tiempo lo más posible ese goce. No era una foto no, era mucho mejor, era ella tibia y sonriendo a su lado en esta noche perdida del tiempo.
La figura no hablaba. Érica trató de articular el reencuentro con algún comentario que le permitiera ver el grosor de la aparecida. Barajando la premura química de la tecnología alucinógena, pensó que si aquel efecto se sostenía era más suficiente, así que encendió la máquina bajo la lluvia.
–Que placer recorrer la ciudad otra vez contigo.- fue todo lo que dijo.
Entonces, en la velocidad, en la rendija de viento que dejó pasar por la ventanilla, todo dejó por un momento de ser azul y se traspapelo en rosa, en un rosa que pegó en la jeta, isla de besos de la fantasma, brillante en su musculosa clara, volviéndola toda rosa, toda rosa los dientes de su sonrisa que sostenía como drogada. Los hilos del auto estaban fritos, era una mano entre la lluvia que la empujaba y la hacía correr entre las calles. Allá a lo lejos, antes de la rambla distinguió un banco de niebla, un muro blanco que también se tornasolaba en rosa y que no dejaba pasar una sola luz desde el mar, sintió que conducir así era más que peligroso pero como el peligro estaba entre los impulsos eléctricos que desplegaba toda esa sinapsis, mientras el fantasma a su lado movía los pies al ritmo lento de una canción de los ochenta que sonaba en la FM, decidió investigar esa bruma, reducir la velocidad y detenerse en medio, respirar ese lugar de tránsito, esa expectativa tan inhóspita en una noche de amantes. Cuando el coche se detuvo entre la nada rosa claro, el fantasma habló y empezó a repetir una fórmula de otra tiempo que había quedado como tatuada. Algo como:
-Tu olor se extiende para mi mientras sube la luna llena de grillos, sobre nosotros y sobre la selva-. 
Algo así, muy vago, una especie de poesía inmediata que se habían dicho, algo que significaba todo lo demás.
Mientras Érica le acariciaba el pelo y la escuchaba detectó la muerte. La dedujo en las incongruencias, en la bruma y en tanto fantasma pálido. Pero no se mostraba la escena completa, faltaba algo, como si nunca se terminara de cerrar la certeza de que ahora ambas, o una de las dos estaba del otro lado de algún humo sólido. No había dolor físico o liviana sensación, no había una luz fulgurante en ningún lado. La amante habló de nuevo:
-La lluvia está rondándote. Tu pelo es el entramado que desea, que deseamos.-
    Se sintió por enésima vez atada a esa proyección. Encendió nuevamente su bólido y cruzó el vapor lechoso. El espectro amado repetía frases del pasado. En medio de la lluvia Érica tuvo una última prueba para el ácido que aún circulaba por su cuerpo. En medio de la lluvia se dirigió hasta su antigua casa del barrio Malvín. Estacionó frente a la puerta y mirándola a su amada, impregnada de fascinación, le dijo:
-Es acá, ¿no conoces esta casa? Andá a buscarla, debe estar despierta-.
La amante se sonrió y sin más lío abrió en un segundo la puerta del auto, cruzó toda esa distancia de agua hasta la casa. Érica ahora miraba, como podía, a través de la lluvia, desde el auto y vio como su amante tocó el timbre y esperó pacientemente, y vio como ella misma, unos años atrás abría la puerta y vio la fundición deliciosa de sus bocas completamente húmedas.
- O todos vivimos o ninguno.- dijo Érica y se fue más encadenada de miel que nunca.