Monólogo del virus

Lundimatin / Foto: Jenna Hamra
Vine a parar la máquina cuyo freno de emergencia no encontraban.

Callen, queridos humanos, todos sus ridículos llamados a la guerra. Bajen las miradas de venganza que dirigen sobre mí. Apaguen el halo de terror en el que envuelven mi nombre. Nosotros, los virus, desde el origen bacteriano del mundo, somos el verdadero continuum de la vida en la tierra. Sin nosotros, ustedes jamás habrían visto la luz del día, ni siquiera la habría visto la primera célula.

Somos sus antepasados, como las piedras y las algas, y mucho más que los monos. Estamos dondequiera que estén y también donde no están. ¡Peor para ustedes si del universo tan solo ven lo que se les parece! Pero sobre todo dejen de decir que soy yo quien los está matando. Ustedes no mueren por lo que le hago a sus tejidos, sino por no cuidar a sus semejantes. Si no hubiesen sido tan avaros entre ustedes como lo fueron con todo lo que vive en este planeta, todavía habría suficientes camas, enfermeras y respiradores para sobrevivir a los estragos que causo en sus pulmones. Si no almacenaran a sus ancianos en morideros y a los sanos en ratoneras de hormigón armado, no estarían en esta situación. Si no hubieran transformado la amplitud todavía ayer exuberante, caótica, infinitamente poblada del mundo -o mejor dicho, de los mundos- en un vasto desierto para el monocultivo de lo Mismo y del Más, yo no habría podido lanzarme a la conquista planetaria de sus gargantas. Si durante el último siglo no se hubieran convertido, prácticamente todos, en redundantes copias de una misma e insostenible forma de vida, no se estarían preparando para morir como moscas abandonadas en el agua de su civilización edulcorada. Si no hubieran vuelto sus ambientes tan vacíos, tan transparentes, tan abstractos, creanme que no me desplazaría a la velocidad de un avión. Yo solo vine a ejecutar la sentencia que hace mucho tiempo dictaron contra ustedes mismos. Perdónenme, pero que yo sepa, son ustedes los que inventaron el término “antropoceno”. Ustedes se adjudicaron todo el honor del desastre; y ahora que está sucediendo es demasiado tarde para renunciar a él. Los más honestos lo saben bien: no tengo otro cómplice que su organización social, su locura por la “gran escala” y su economía, su fanatismo del sistema. Solo los sistemas son “vulnerables”. Lo demás vive y muere. Solo hay vulnerabilidad para aquello que aspira al control, a su extensión y perfeccionamiento. Mírenme bien: no soy más que la otra cara de la Muerte reinante.

Así que dejen de culparme, de acusarme, de acosarme, de paralizarse ante mí. Todo eso es infantil. Les propongo un cambio de mirada: hay una inteligencia inmanente en la vida. No hace falta ser un sujeto para tener memoria o una estrategia. No hace falta ser soberano para decidir. Las bacterias y los virus también pueden hacer que llueva y que brille el sol. Así que véanme como su salvador más que como su enterrador. Son libres de no creerme, pero yo vine a parar la máquina cuyo freno de emergencia no encontraban. Vine a detener la actividad de la que eran rehenes. Vine a poner de manifiesto la aberración de la “normalidad”. “Delegar en otros nuestra alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad de cuidar las condiciones de vida ha sido una locura”… “No hay límite presupuestario, la salud no tiene precio”: ¡miren como les tuerzo la lengua y el espíritu a sus gobernantes! ¡Miren como los reduzco a su verdadera condición de mercachifles miserables y arrogantes! ¡Miren como de repente se revelan no solo como superfluos sino también como nocivos! Ustedes no son para ellos más que el soporte de la reproducción de su sistema, menos aun que esclavos. Hasta al plancton tratan mejor que a ustedes.

Pero no malgasten energía en cubrirlos de reproches, en echarles en cara sus limitaciones. Acusarlos de negligencia es darles más de lo que se merecen. Más bien pregúntense a ustedes mismos cómo les pareció tan cómodo dejarse gobernar. Alabar los méritos de la opción china frente a la británica, de la solución imperial-legalista frente al método darwinista-liberal, es no entender nada ni de la una ni de la otra, ni del horror de una ni del horror de la otra. Desde Quesnay, los “liberales” siempre han mirado con envidia al imperio chino; y siguen haciéndolo. Son hermanos siameses. Que uno te confine por tu propio bien y el otro por el bien de “la sociedad” equivale igualmente a aplastar la única conducta no nihilista en este momento: cuidar de uno mismo, de aquellos a quienes queremos y de lo que amamos en aquellos que no conocemos. No permitan que quienes los condujeron al abismo pretendan sacarlos de allí: no harán otra cosa que prepararles un infierno más perfeccionado, una tumba aun más profunda. El día que puedan, patrullarán el más allá con sus ejércitos.

Más bien agradézcanme. Sin mí, ¿por cuánto tiempo más se habrían hecho pasar por necesarias todas esas cosas incuestionables cuya suspensión se decreta de inmediato? La globalización, los concursos, el tráfico aéreo, los límites presupuestarios, las elecciones, el espectáculo de las competiciones deportivas, Disneylandia, las salas de fitness, la mayoría de los comercios, el parlamento, el encuartelamiento escolar, las aglomeraciones de masas, la mayor parte de los trabajos de oficina, esa sociabilidad ebria que no es más que el reverso de la angustiada soledad de las mónadas metropolitanas: al final todo eso era innecesario una vez que se manifiesta el estado de necesidad. Agradézcanme la prueba de la verdad que pasarán las próximas semanas: por fin van a habitar su propia vida, sin los miles de subterfugios que, mal que bien, sostienen lo insostenible. Todavía no se habían dado cuenta de que nunca se habían instalado en su propia existencia. Vivían entre cajas de cartón y no lo sabían. Ahora van a vivir con sus seres queridos. Van a vivir en casa. Van a dejar de estar en tránsito hacia la muerte. Puede que odien a sus maridos. Puede que aborrezcan a sus hijos. Quizás les den ganas de dinamitar el decorado de sus vidas cotidianas. Lo cierto es que ustedes ya no estaban en el mundo en esas metrópolis de la separación. Su mundo ya no era vivible de ningún modo, salvo huyendo constantemente. La fealdad había ganado tanta presencia que era necesario aturdirse de movimiento y distracciones. Y lo fantasmal reinaba entre los seres. Todo se había vuelto tan eficaz que ya nada tenía sentido. Agradézcanme todo esto y ¡bienvenidos a la tierra!

Gracias a mí, por tiempo indefinido ya no trabajarán, sus hijos no irán a la escuela, y sin embargo será todo lo contrario a las vacaciones. Las vacaciones son ese espacio que hay que rellenar a toda costa mientras se espera la ansiada vuelta al trabajo. Pero lo que se abre ante ustedes, gracias a mí, no es un espacio delimitado, es una inmensa apertura. Yo los descoloco. Nadie les asegura que el no-mundo de antes volverá. Quizás termine todo este absurdo rentable. Si no les pagan, ¿qué sería más natural que dejar de pagar el alquiler? ¿Por qué seguiría cumpliendo sus cuotas del banco quien de todos modos ya no puede trabajar? ¿Acaso no es suicida vivir donde ni siquiera se puede cultivar una huerta? Quien no tenga dinero no va a dejar de comer, y quien tiene el hierro tiene el pan. Agradézcanme, los pongo frente a la bifurcación que tácitamente estructuraba sus existencias: la economía o la vida. De ustedes depende. Lo que está en juego es histórico. O los gobernantes les imponen su estado de excepción o ustedes inventan el suyo. O se aferran a las verdades que están saliendo a la luz o ponen su cabeza bajo la guillotina. O aprovechan el tiempo que ahora les doy para imaginar el mundo venidero a partir de las lecciones del colapso en curso, o este se radicalizará por completo. El desastre termina cuando termina la economía. La economía es el desastre. Hasta el mes pasado esto era una tesis. Ahora es un hecho. Nadie puede ignorar cuánta policía, vigilancia, propaganda, logística y teletrabajo se necesitará para detenerlo.

No cedan al pánico ni al impulso de negación ante mí. No cedan a las histerias biopolíticas. Las próximas semanas serán terribles, abrumadoras, crueles. Las puertas de la Muerte estarán abiertas de par en par. Soy la más devastadora producción de devastación de la producción. Vengo a reducir a los nihilistas a la nada. Nunca más la injusticia de este mundo será escandalosa. Es a una civilización, y no a ustedes, lo que vengo a enterrar. Quienes quieran vivir tendrán que crear hábitos nuevos, propios. Evitarme será la oportunidad para esta reinvención, para este nuevo arte de las distancias. El arte de saludarse, en el que algunos eran lo suficiente miopes como para ver la forma misma de la institución, pronto no obedecerá ninguna etiqueta. Caracterizará a los seres. No hagan esto “por los demás”, por “la población” o por la “sociedad”, háganlo por los suyos. Cuiden de sus amigos y sus amores. Repiensen con ellos, soberanamente, una forma justa de vida. Creen conglomerados de buena vida, amplíenlos, y nada podré hacer contra ustedes. Este no es un llamado al retorno masivo de la disciplina, sino de la atención. No convoco al fin de la despreocupación, sino al fin de la negligencia. ¿Qué otra manera me quedaba de recordarles que la salvación está en cada gesto, que todo está en lo ínfimo?

Tuve que rendirme ante la evidencia: la humanidad solo se hace las preguntas que ya no puede hacerse.

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Traducción de Victoria Furtado para Zur

Publicado originalmente en: https://lundi.am/Monologo-del-Virus-2853