Movida Kaingang Chuy

Flavio Silva Acosta
Entre diciembre y febrero último, llegaron a la frontera con Chuy un grupo de cinco familias Kaingang. Pueblo indígena del centro-sur de Brasil y que en el pasado habitó parte de lo que hoy se conoce como Paraguay, Argentina y el norte uruguayo.

Son de mi suma necesidad estas palabras, tan necesarias que me he tomado un tiempo en escribirlas.

Me voy a presentar primero. Me llamo Flavio, me dicen Negro. Vivo en una ciudad llamada Chuy, mitad uruguaya, mitad brasilera. Mi madre uruguaya, rochense; mi padre argentino, tucumano.

Desde adolescente me empecé a preocupar por explicar las cosas que nos rodean, los problemas que tenemos como seres sociales. Fui tomando mi rumbo, he sido muy crítico de esta humanidad, consciente de que hago parte de este engranaje, no me convence como nosotros los seres humanos hemos permitido vivir en un mundo tan injusto, así. Busqué respuestas y nunca las encontré, pero si he tenido las preguntas a flor de piel, tengo preguntas al mirarme al espejo, cuando despierto de los sueños, cuando despierto de las pesadillas, cuando agarro la ruta, o me muevo por el pueblo con mis pies. Tengo preguntas cuando veo a un niño pidiendo monedas para comer o pidiendo monedas para consumir. Cuando alguien muere de frío, o cuando un trabajador es despedido de alguna fábrica. Cuando una persona muere de una enfermedad curable, tengo preguntas cuando esta civilización se ensaña con nuestros pueblos originarios y con balas de goma y plomo arremeten con la furia conquistadora sobre sus territorios. Tengo muchas preguntas y pocas respuestas.

Hacen parte de mis penas, no sé conformarme con eso, con las relaciones falsas, la corrupción entre nosotros, nuestras mentiras, el despilfarro, la destrucción de nuestra madre tierra, ese mirar para el costado con el eslogan individualista de que te valgas por ti mismo sin importarte los demás que nadie te regala nada.

A lo largo de mi vida transcurrí por muchos caminos, caminos plegados de grandes pensadores, grandes escritores, de atajos frustrados y de enviones fabulosos y gratificantes. Me ha tocado vivir experiencias personales, la que cuento siempre con mis abuelitos descendiente Diaguita-Calchaquí, cañeros de la campaña tucumana, ella esclava, luchadores para sobrevivir a la muerte de los “nadies”, para salvar a su familia del hambre con sus 5 hijos.

Antes de abordar el tema sobre la permanencia de una comunidad indígena como la Kaingang aquí en nuestra ciudad, es necesario hacer un paréntesis histórico sobre los pueblos originarios. Esta denominación se refiere a las comunidades indígenas de América, es el término correcto para usar en este caso no importando que se trate de una comunidad de Norte América, de México, de Brasil o de Argentina por ejemplo. Es un termino que une a todas ya que los pueblos son de una diversidad grandiosa, hay tantos pueblos como colores en esta tierra.

Desde que llegó Colón, en nombre de la Cruz y de un Dios cristiano, ajeno a sus costumbres, fueron subordinados, esclavizados y también, en una gran mayoría, fueron exterminados. Su cultura, sus territorios, su Ser fueron subyugados a una cultura avara, basada en números económicos por encima de existencia humana.  Si no los podían dominar para tener mano de obra barata y esclava eran exterminados. Esa historia que aprendemos en la escuela, mal contada, ya que no fuimos descubiertos, América fue invadida y saqueada, así es como llegamos a nuestra historia reciente.

En todas las nuevas naciones sudamericanas en su liberación siempre hubo manos originarias, después de resistir por muchos siglos el embiste español una gran parte pudo mantener su cultura y cosmovisión, su idioma, sus formas de vida a la par de la civilización que conocemos. No pudo el español exterminar por completo a nuestros pueblos.

Llegando al Uruguay, nuestro libertador Artigas, un criollo con una visión formidable para su época hizo libre a los pueblos que existían, hizo libre a los negros esclavos, a los pueblos originarios. Ellos decidieron seguirlo porque veían en él la liberación de esa conquista española. Artigas nunca los traicionó, los Charrúas sabían que era la oportunidad de reivindicar a su pueblo en su afán de ser libres. Todo cambió, los que siguieron después de nuestra independencia traicionaron a Artigas y a toda su gente que lo siguió hasta su muerte. Rivera como máxima cara del genocidio Charrúa fue el verdugo principal que los traicionó en la historia que conocemos como Salsipuedes.

Estas palabras iniciales es un pequeñísimo resumen de una larga y sacrificada historia que se repite en el presente.

Kaingang en Chuy

Abordando el tema de la comunidad que estuvo en Chuy primero hay que hacer un paréntesis para contarles de que comunidad indígena se trata. Su nombre se llama Kaingang, un pueblo indígena que reside en su mayoría en el centro-sur de Brasil y que en el pasado habitó también la parte de Paraguay, Argentina y el norte uruguayo. Tienen una lengua única, no se acerca a su pariente mas cercano como el guaraní. Se estiman que hoy en día hay alrededor de 30 mil miembros distribuidos en distintas comunidades por la región sur del Brasil, mas precisamente el norte de Rio Grande del Sur frontera con Santa Catarina, pero su territorio abarca hasta la ciudad de Sao Paulo inclusive.

La comunidad que permaneció en nuestra ciudad estuvo unos 3 meses aproximadamente desde diciembre del 2017 hasta fines de febrero del 2018. Eran unos 20 miembros (5 familias aproximadamente) provenientes de la comunidad establecida a las afueras en la sierra de la ciudad de Pelotas, Brasil. Una comunidad relativamente joven llamada “Egnytigjy”. El gobierno de Pelotas les otorgo un par de hectáreas después de permanecer unos meses alrededor de la terminal de ómnibus. Provenientes de una comunidad mayor en la ciudad santacaterinenese de Chapecó.

Mi primer vínculo o mejor dicho el paso para acercarme a la comunidad fue por el aviso de unos compañeros que tuvieron la delicadeza de ir hasta donde los habían ubicado la prefectura de Chui Brasil, en unos terrenos a 2 cuadras del arroyo y a 20 metros de la línea divisoria con Uruguay.

Encontré por primera vez al hermano Omar junto a su compañera Elisete, vendiendo sus artesanías frente a un supermercado conocido de la frontera. Me acerqué les pregunté quienes eran, de donde venían y que estaban necesitando, si había algo que necesitaban, y si podía encontrarme con el resto de la comunidad. Fue así como Omar me invitó a que vaya, al caer la tardecita, por el predio en el que se encontraban.

Me dirigí hacia el lugar de tarde y vi que estaban ubicados en unos 4 barracos de palos y nylon, muy precarios pero cómodos ya que habían conseguido carpas tipo iglú que colocaron adentro de esas estructuras. El cacique Pedro quien era la máxima autoridad de ellos, andaba en el centro vendiendo sus creaciones de arco y flechas, atrapa sueños, etc. Al llegar vi mucha luz por parte de los que estaban, las mamás meta a fabricar cestos con las fibras de las tacuaritas que abundan por esta zona, o el preparo de un hermoso atrapa sueño, los chiquilines jugando con los poquitos juguetes que tenían o tirando al blanco con un arco y flecha. Llegas y te rodea la gurisada, que de hecho había algunos en la panza de su mamá, la princesa de la comunidad, la más chiquita, de algunos meses de vida, hasta gurises adolescentes.

Al ver las necesidades que iban teniendo y ser un poco de nexo, gracias a los primeros compañeros que estuvieron con ellos, entre el pueblo de Chuy y la comunidad, fui haciendo una lista de lo que mas o menos necesitaban. Todo lo que se iba juntando, ellos los seleccionaban para distribuirlo en la comunidad de Pelotas.

En lo personal la carga negativa de la “caridad” no me persiguió, ya que desde el primer momento y desde mi introducción en este texto, siempre he tratado con mucho respeto y amor las cuestiones de nuestros pueblos originarios, me he abrazado a la lucha tanto por mi historia personal como las diversas cuestiones de nuestra América tan saqueada e injusticiada.

Venían desde Pelotas con una mano atrás y otra adelante, siempre tendrán que enfrentarse al perjuicio y la discriminación por su origen y en Chuy no fue la excepción. Fue lo mínimo que pudimos hacer y lograron volver a su pueblo bastante contentos y conformes con el recibimiento. Dentro de los parámetros que me permitieron las redes sociales, que fue el vinculo que tuve con mi pueblo, fui tratando de explicar que significado y que responsabilidad tenía la obligación de tener presente a este acontecimiento. Ya que no es normal el arribo de este tipo de comunidades, sumado a que Uruguay es el único país de Sudamérica que no reconoce el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas. Ellos si cruzaban la frontera “ficticia”, el Estado Uruguayo no tenía ni idea como actuar al respecto. Fue una parte de mi trabajo, mostrarle al pueblo la importancia del reconocimiento sobre cuestiones indígenas, reconocimiento para abordar estos temas que parecen tan lejanos al pueblo uruguayo.

La comunidad en Pelotas tiene una buena organización, poseen una escuela que tiene un profesor en su lengua. Ellos aprenden primero su idioma y después el portugués. Otra de las partes complicadas para asimilar, fue el gran interés de las iglesias evangélicas, que no solo van seguido a la comunidad en Pelotas (todos estaban evangelizados) sino que también se dieron maña para ir a visitarlos al predio donde se encontraban en Chui.  Se nota aún la evangelización del indio como se dió en la época de la conquista, sigue igual.

Otro de los puntos indignos fue la referencia recurrente a la necesidad de “pulcritud” y que les diera “preservativos” para que no tuvieran tantos hijos, o cómo viven en esa “miseria”. Mi respuesta era dura y directa, si bien la realidad cruda los hizo buscar nuevos horizontes y su permanencia fue precaria, ellos tienen derecho a tener los hijos que quieran y vivir como eligen vivir, los que estamos mal somos nosotros y nuestra cultura que todo lo destruye, todo es número mercantil.

Lo que teníamos que hacer era protegerlos, respetar su forma de vivir y aprender de ellos lo bueno que tienen para enseñar como el cuidado de nuestra tierra, en primer lugar. Sin ellos hoy nuestra América sería un caos (si ya no lo es) ambientalmente no quedaría nada.

Los días fueron pasando, sentí como el espíritu de la problemática indígena americana se iba apoderando de la conciencia del pueblo, percibí como ya no se los veía de la misma manera, algo se despertó en mucha gente, algo totalmente positivo.

Transcurrieron los días y de a poco, siempre con ayuda de gente con mucha luz, se fueron abriendo las puertas del lado uruguayo. Fue así como fueron invitados a exponer en la Casa de Cultura “Matías Gonzáles” de Barra de Chuy. Este gesto, este pequeño gesto, fue una de las cosas más grandes que sentí o que tuve conocimiento, no se si tiene precedentes, una comunidad indígena Kaingang volvía después de mucho tiempo a pisar parte de su territorio ancestral uruguayo, todo un acontecimiento en este siglo que trascurrimos.

Para finalizar este humilde relato, invito a todos a la reflexión, voy a dejar un relato de Eduardo Galeano.


Los Nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy,
ni mañana, ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadies la llamen
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos,
rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones,
sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos,
sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies,
que cuestan menos
que la bala que los mata.