Mucho más que pizarrones. Discriminación y opinión pública en Montevideo

Idas y Vueltas (*) / Imagen: Banksy
En estos días en Montevideo ha surgido un debate público -mediático y a través de las redes sociales- a partir de una imagen en la que se muestra un pizarrón, colocado en el exterior de un restaurante de una zona acomodada de la ciudad, donde además de anunciar el menú se inscribe -en inglés- la expresión “no se permiten perros ni mexicanos”. Los encargados del establecimiento han explicado públicamente que la frase remitía a una película de Tarantino. Ese elemento de contexto por cierto no estaba presente en el pizarrón ni en la mayor parte de las discusiones. Lo que tampoco ha estado en su debido contexto es el uso que hace Tarantino de una frase propia del sur y el oeste norteamericanos en las últimas décadas del siglo XIX, época en la que está ambientada la referida película.

En Uruguay nos sentimos especialistas en sarcasmo. La tradición nos avala, la irreverencia nos enorgullece, la ironía nos identifica. Todo es pasible de ser chiste, y el humor tiene un lugar muy especial en la política. Sin embargo, enunciar no es sinónimo de denunciar; visibilizar no es sinónimo de transformar. Basta prender la tele para presenciar su potencial reproductor. El mensaje crítico de la risa ya no puede ser leído unívocamente como transformador, la ironía puede generar también la inmovilidad, la imposibilidad de acción. Es posible reírse de las mujeres, los homosexuales, los negros, los extranjeros, porque la risa oculta la violencia que implica la dominación colonial, patriarcal, racial y nacional en la experiencia personal y colectiva de cada sujeto.

Aunque nos guste creer lo contrario, el humor tiene sus propios límites, no todos los chistes son buenos, no todos son admisibles. A pesar de que esos límites están en constante negociación, todos podemos reconocer una línea de lo permitido: que tan "negro" puede ser el humor.

Así como el arte, el humor quiere ser visto como hecho único y personal, un acto de creatividad. Podría, entonces, ser disociado del contexto social en el que se produce y en el que toma lugar. Pero si rascamos un poco, rápidamente encontramos que el rango en el que se mueve, desde la ironía más refinada hasta la “chabacanería” que festejamos, es siempre un espacio socialmente habilitado. Pueden diferenciarse en su público, en su código, pero difícilmente se diferencien entre sí en su mecanismo: dicen lo que es posible decir y en el mejor de los casos, amplían lo que podemos escuchar. Trabaja con lo existente, lo reordena, y casi en todas las ocasiones, lo naturaliza.

Quizás sea por eso, que en nuestro país son cada vez son más frecuentes las denuncia en torno a espectáculos o producciones artísticas que incluyen expresiones humorísticas sobre minorías, utilizando estigmas y prejuicios. Con mayor o menor acierto, con diferentes grados de autocrítica, las reivindicaciones políticas articuladas en torno a identidades colectivas llaman la atención sobre la utilización de discursos desvalorizantes que -siendo hegemónicos- solo pueden ser enunciados en un contexto de humorada.

Los defensores de la libertad de expresión, en su versión más mercantil, se horrorizan. Los auspiciantes de “la inteligencia”, piden abrir nuestras mentes a dobles lecturas, retrazar la indignación, para poder leer entre líneas. Los abogados del buen sentido ciudadano nos llaman la atención sobre posibles exageraciones. Parecería que la hipersensibilidad de las minorías es más peligrosa para los valores republicanos que la propia discriminación que la despierta.

Sin embargo, esas mentes precavidas pierden de vista que al forzar los argumentos, al denunciar de forma más o menos indiscriminada, lo que las minorías persiguen es trabajar sobre los límites de lo admisible, modificar lo establecido, evidenciar lo naturalizado. La denuncia -hasta del humor-  es la búsqueda de mostrar como inaceptable aquello que no debería ser aceptado.  A riesgo de pasar por moralistas, por aburridos, por ingenuos...

Es difícil hablar sobre discriminación. Sobre todo cuando quienes hablan no son los propios discriminados. La violencia, material y simbólica ejercida sobre las minorías, sean éstas más de la mitad de la población o un pequeñísimo porcentaje, es escasamente incluida en las perspectivas analíticas sobre nuestra sociedad. Pocas veces es señalada como una herramienta para generar o reproducir desigualdad, y por tanto, no es registrada como productora de privilegios para las mayorías, sean amplios sectores de la sociedad o unos pocos. El humor puede ser una poderosa herramienta en ese sentido. Pero poco de la discusión que presenciamos parece girar en torno a esa potencialidad, o a la naturaleza misma de la discriminación como fenómeno social.

Algunos elementos que parecerían ser imprescindibles para analizar y poner en contexto un hecho aislado como este pizarrón, están llamativamente ausentes.

Se desconoce por ejemplo, el que, en nuestro Montevideo, el derecho de admisión -garantizado jurídicamente- permite la discrecionalidad de dejar afuera a alguien por su color de piel, su edad, su clase social o sus prácticas sexuales.

No se menciona que, más acá del lejano contexto ficcional al que el dueño del café dijo aludir, en Uruguay los dispositivos de exclusión de la población migrante son inmensos. Explotación y acoso en el ámbito laboral, exclusión y expulsión del sistema educativo, señalamientos e insultos racistas en la vía pública, sobreintervención policial. Nada de esto parece importar. La discusión sigue girando en torno a nosotros mismos, qué podemos y qué no podemos decir, pero nunca, de cómo será escuchado por aquellos referidos en la frase. Ni los mexicanos, ni los andinos, caribeños, africanos u asiáticos que llegan hoy al Uruguay parecen precisar de Tarantino para reconocer la violencia en sus vidas cotidianas. Muy poco parece ayudar la cita descontextualizada en un pizarrón de un café al cual -probablemente- no pueden acceder. Quizás le encuentren poca gracia.

Como un cuchillo con dos filos el humor puede tener efectos inesperados. Puede ser un buen antídoto contra el silencio. Abre un paréntesis, habilita un contexto social en el que se puede decir lo indecible. Genera rupturas, saca a luz absurdos, muestra conexiones que no son necesariamente evidentes. Se sirve del grotesco, el drama, el absurdo, la sutileza y la ironía para reflejar la realidad en su forma más descarnada. Se precisa para tal fin, mucho más que un pizarrón. Es necesario forzar los límites de la racionalidad dominante, mostrar sus implicaciones, sus presupuestos, sus derivaciones. Este parece ser el camino que recorre Tarantino, y que desanda quien escribió la frase sin más elementos en el actual contexto. ¿Por qué deberíamos nosotros presuponer que esta persona es un cinéfilo y no un partidario del actual presidente de los Estados Unidos, país del cual, casualmente es oriundo?

Idas y vueltas es una organización social que trabaja por los derechos de las personas migrantes en Uruguay

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