Mujeres afrodescendientes, de sujetas de derechos a sujetas políticas

Camila Cardozo | Carla Mendez | Noelia Ojeda | Tania Ramírez / Foto: Rebelarte
La construcción de conocimiento afro-centrado ha sido un desafío constante para quienes activamos en defensa de los derechos de las personas afrodescendientes. Leer, escribir y publicar son atribuciones que no fueron asignadas a nuestra racialidad y son acciones que hasta hace menos de 200 años estaban prohibidas para los “negros esclavos”, a riesgo de perder la vida. Por tanto, el estereotipo del negro que no piensa, se instala desde la colonialidad.


El racismo cala hondo en nuestra idiosincrasia, genera una idea de superioridad para quienes se privilegian del sistema racista, pero también en nuestros proyectos de vida como personas afro racializadas, quienes aún hoy en pleno siglo XXI somos quienes engrosamos los indicadores estructurales de pobreza y marginalidad de la indiscutida Suiza de América.

Hemos sido las personas afro quienes hemos desvelado ante la sociedad toda la situación en la cual vivimos y nos sentimos en el Uruguay y en el mundo. Es decir, el epistemicidio colonial —el querer matar nuestros conocimientos ancestrales—, ha tenido como consecuencia de resiliencia más construcción de conocimiento y de pensamiento crítico en nuestras comunidades.

Las personas afrodescendientes experimentamos el racismo todos los días de nuestras vidas durante siglos, tristemente sabemos de lo que hablamos cuando denunciamos la existencia y la persistencia de los racismos en nuestras sociedad. Compartir ese conocimiento sigue siendo resistido, prohibido y negado, y es por ello que para nosotras sigue siendo un acto de rebeldía, ante el sistema capitalista que se forjó en base al secuestro, tráfico, trata, esclavización, tortura, violación, asesinatos de nuestros ancestros, no tan lejanos generacionalmente.

Mencionar nuestras historias, lejos de ser un acto de nostalgia, tiene que ver con la memoria, con la historia, con nuestra realidad y con lo que proyectamos.


Ser afrodescendiente


La afrodescendencia es un concepto que se oficializa en el año 2001 en Durban, en el marco de la Conferencia Mundial Contra el Racismo y la Discriminación; podemos decir que es relativamente nuevo y así como el lenguaje inclusivo tienen sus resistencias, el lenguaje antirracista lo tiene también, bajo los argumentos de eufemismo o de lo políticamente correcto. Es un concepto que, cabe destacar, surge del propio movimiento negro, o sea: de las propias personas racializadas que, en la lógica de resiliencia epistémica mencionada anteriormente, proponemos autodefinirnos como sujetos de derechos. Dejando atrás el “negro” impuesto por el colonizador, que deshumaniza y define personas como cosas comerciables: “piezas de ébano”, “esclavos”; para reconocerlas como personas que fueron víctimas de delitos de lesa humanidad. Por tanto, ser afrodescendiente tiene implicancias del Ser; y somos quienes descendemos de aquellas personas africanas que fueron traídas forzadamente, en la peores condiciones, a tierras del Abya Yala para ser explotadas y violentadas funcionalmente, para instalar el sistema que aún nos sigue oprimiendo.

La medición de la ascendencia étnico racial en el cuestionario censal fue una novedad, nuestro país cuenta solamente con dos experiencias de censos donde se pregunta la ascendencia: los censos nacionales de los años 1825 —donde no se preguntaba, sino que se contabilizaba la cantidad de negros— y 2011 —donde se pregunta a las personas sobre la autopercepción de su identidad. En medio se realizaban pilotos con las Encuestas Continuas de Hogares. Por tanto, la pregunta sobre ascendencia étnico racial en Censos Nacionales es reciente y arroja que el 8% de la población uruguaya se autoidentifica como afro o negra, y registra mayores números en los departamentos del norte del país (Rivera 17,3%; Artigas 17,1%; Cerro Largo 10,9%; Montevideo 9,0%). Del total de las personas afrodescendientes, el 51,1% somos mujeres —en medición binaria, ya que en el momento no se medía identidad de género cis y trans. Para el año 2018 el porcentaje a nivel de todo el país asciende a 10% de la población. Por otra parte, la mayoría de personas en Uruguay se identifica con ascendencia blanca (90,8%).

Durante muchos años, desde el movimiento afro organizado hemos reclamado al Estado que mida y construya datos sobre cuántas somos las personas afrodescendientes y cómo estamos; y lo hemos logrado de forma incipiente, porque incluso en la implementación del censo y formulación de la pregunta sobre ascendencia étnico racial hay brechas. Los técnicos se resisten a preguntar y las personas resisten a reconocerse, porque el racismo cala tan hondo que llega a las estadísticas. Sin embargo, como país de vanguardia estamos unos pasos adelante: en países como Chile y Argentina ni siquiera se pregunta, apenas se reconoce que la trata esclavista y el tráfico de personas africanas fue a nivel continental, lo que contribuye a la invisibilización del racismo.

Actualmente los organismos del Estado incluyen en toda su base de datos e informaciones oficiales la variable sobre ascendencia. Esta inclusión es resultado principalmente del proceso de incidencia de la sociedad civil organizada, mediante la participación en la ronda de Censos a nivel regional y nacional. Aún sigue queda pendiente la tarea de preguntarla y registrarla, como dato relevante. Incluso en el “escaso” 10%, la población afro es el grupo étnico racial más relevante -numéricamente- después del blanco, y son las personas afrodescendientes quienes presentamos mayores niveles de desigualdad y vulnerabilidad.

El supuesto sociocultural es que “en Uruguay somos todos iguales, somos un país de inmigrantes europeos” y “no existe discriminación racial”; sin embargo los datos una vez más confirman lo que desde la sociedad civil venimos denunciando.

La población afrodescendiente es una población joven y en edad de formación. Esto implica que se trata de hogares con mayores necesidades de cuidados y de acceso a servicios públicos que atiendan a la infancia y juventudes. También es una población donde pocos de sus integrantes son mayores de 65 años. La esperanza de vida de las personas afro se vincula con las consecuencias psicológicas y físicas del racismo y la discriminación racial en diversos ámbitos —institucional privado, mercado de trabajo, en centros educativos, de salud de justicia— y a lo largo de la vida. Las enfermedades de propensión étnica —hipertensión, anemia falciforme, miomas— son también influyentes en la menor expectativa de vida.

Si analizamos la información de nivel socioeconómico de la población afro en nuestro país, se evidencian grandes brechas de acceso y sostenibilidad en diversas áreas de la vida: en educación, empleo, salud, vivienda, entre otros. Esto da como resultado niveles de pobreza y marginalidad que duplican y triplican —respectivamente— los indicadores de pobreza del resto de la población, lo que se agrava para el caso de las mujeres y niñas.

Los datos evidencian más que números, evidencian una brecha de desigualdad que tiene el nombre de racismo estructural, que las políticas sociales universales no han podido cerrar, de hecho, la brecha racial se ha profundizado. En Uruguay la pobreza tiene raza, género y edad, está contabilizada, identificada y georeferenciada. En Uruguay la pobreza es mujer afro joven, sabemos dónde vive, cómo se llama y cómo hace para sobrevivir. En Uruguay la pobreza no es una percepción o el resultado de no generar méritos, es consecuencia de esa historia de desigualdad que durante siglos se sostuvo privilegiando a un sector de la población en desmedro de otro sector, considerado de segunda categoría.

Recién en el año 2013 el Estado uruguayo —en el marco de la ley 19122— reconoce que las personas afrodescendientes hemos sido víctimas históricas de racismo, discriminación racial y de la sistemática violación a nuestros derechos humanos; y propone revertirlo con medidas en el área laboral y educativa, las llamadas acciones afirmativas, que no son suficientes. Porque ¿cómo se revierte o repara de situaciones de desigualdad heredada a un grupo de población específico y descendientes de quienes fueron carne de cañón en la construcción del sistema que tenemos hoy en día? En palabras de Ángela Davis —quien recientemente nos lo explicó en nuestras propias tierras—: el capitalismo es racial y priva de la libertad; en la Colonia esclavizaba, hoy encarcela. Ser afrodescendiente sigue siendo Ser resistencia al sistema que nos oprime y nos reprime.


Saberse afro y hacerse cargo

Victoria de Santa Cruz —poeta, compositora, diseñadora y coreógrafa afroperuana— nos transmite oralmente cómo es el proceso de saberse afro y hacerse cargo, cuando esgrime: “Tenía siete años apenas, ¡No llegaba a cinco siquiera! De pronto unas voces en la calle, me gritaron ¡Negra! ¿Soy acaso negra? —me dije— ¡SÍ! ¿Qué cosa es ser negra? ¡Negra! Y yo no sabía la triste verdad que aquello escondía. ¡Negra! Y me sentí negra. Como ellos decían. Y retrocedí.  [...]  Como ellos querían.  [...] Y odie mis cabellos y mis labios gruesos y mire apenada mi carne tostada.  [...]  Y retrocedí. [...] Y pasaba el tiempo, y siempre amargada. Seguía llevando a mi espalda, mi pesada carga. ¡Y cómo pesaba!… Me alacié el cabello, me polvé la cara, y entre mis entrañas siempre resonaba la misma palabra. [...] ¡Neeegra! Hasta que un día que retrocedía, retrocedía y que iba a caer. ¡Negra! ¿Y qué? ¿Y qué? ¡Negra! ¡Sí! ¡Negra! ¡Soy! ¡Negra! ¡Negra! ¡Negra! [...]  ¡Sí! ¡Negra! ¡Soy! De hoy en adelante no quiero laciar mi cabello. ¡No quiero! Y voy a reírme de aquellos que por evitar —según ellos— que por evitarnos algún sinsabor, llaman a los negros gente de color. ¡Y de que color! NEGRO ¡Y qué lindo suena! NEGRO ¡Y que ritmo tiene!  [...] NEGRO. Al fin… Al fin comprendí.  [...]  Ya no retrocedo. [...]  Y avanzo segura.  [...] Avanzo y espero.  [...] Y bendigo al cielo porque quiso Dios que negro azabache fuese mi color [...]  Y ya comprendí. AL FIN ¡Ya tengo la llave!  [...] ¡Negra soy!”
Las mujeres afrodescendientes, en nuestra mayor diversidad, hemos sido especialmente agravadas por los flagelos del racismo. El permanente atentado hacia nuestros cuerpos ha significado una potencial vulneración de nuestros derechos: vivimos diariamente situaciones de violencia racial y de género que ponen en riesgo nuestras vidas.

Según datos oficiales sobre violencia basada en género (física, sexual, psicológica, patrimonial): “Es posible constatar que en Uruguay las mujeres afrodescendientes han vivido situaciones de violencia en mayor proporción que las mujeres no afro. El 78,5% de las primeras declaran haber vivido al menos un tipo de violencia de género en los ámbitos relevados, en comparación al 67,2% de las mujeres no afro. Esta diferencia de 11 puntos porcentuales sugiere que la interseccionalidad entre las desigualdades de género y étnico raciales podrían incidir en una mayor prevalencia de violencia basada en género.” En ese sentido, recientemente en nuestro país se aprobó la ley 19580/17 Violencia hacia las mujeres basada en género, que incorpora específicamente la violencia étnica-racial, en un ejercicio de construir todo el proceso de políticas públicas desde una perspectiva interseccional.

Si bien existen diagnósticos y normativa, estamos lejos de contar con un sistema de justicia que contemple la racialidad de las víctimas de forma lo suficientemente amplia, incluyendo su clase social, género ascendencia étnico racial y cualquier otro mecanismo generador de discriminaciones y desigualdades. Se hace necesaria la formación en DDHH incorporando las herramientas de la interseccionalidad, como paradigma que conceptualmente tiene su origen en el movimiento de mujeres afro y que de forma decolonial permite generar políticas públicas de cercanía, de construcción colectiva y teniendo en cuenta las diversas realidades: reparando de forma diferencial a quienes el capitalismo racial y heteropatriarcal afecta tan específicamente, y que ha potenciado la naturalización de la violencia —física, intelectual y espiritual— hacia de las mujeres afro.

La tan mencionada interseccionalidad, es una herramienta de lucha colectiva que nos ha permitido la acción política. Desde Mizangas, nos constituimos como un colectivo de mujeres jóvenes afrodescendientes en el año 2006, para la incidencia política, desde la interseccionalidad de género, la ascendencia étnico racial afro y generacionalmente. Nos conformamos como grupo feminista, antirracista y diverso (lgbti) en la promoción y protección de los derechos humanos. Nuestros objetivos son: garantizar la participación de las mujeres afrodescendientes en todos los espacios sociales y ubicar nuestras demandas y propuestas en el escenario político social, logrando así contribuir al empoderamiento de las mujeres más jóvenes afrodescendientes. Nuestros principales ámbitos de acción son: el trabajo directo en la lucha contra el racismo heteropatriarcal, desde la educación, la cultura, con la afrodescendencia y la no discriminación; articulación con otros movimientos sociales desde una perspectiva de derechos humanos e interseccionalidad, con temáticas sobre derechos humanos; y la incidencia —trabajo coordinado con las autoridades— para la construcción conjunta y monitoreo del cumplimiento de políticas públicas. Por ello nos definimos como un movimiento de mujeres afrodescendientes, quienes proponemos y activamos nuevas formas de pensar y hacer la política.