Neofascismos y malambos idelogicos en Uruguay. Parte II

Martin Delgado Cultelli
Frente a la preocupación de que haya sectores de izquierda que no consideren a Proyecto Segunda República Oriental (PSR-O) como un neofascismo, este artículo continuar aportando al debate para diferenciar claramente entre un proyecto emancipador y un proyecto reaccionario.

En Estados Unidos y en Europa estos dos performances están en plena expansión. Desde los fascistas que tratan de no parecer tan fascistas, como los del Frente Nacional en Francia, La Liga del Norte de Italia, Alternativa para Alemania y otros ejemplos en Bélgica y Hungría hasta los supremacistas raciales de KKK que apoyaron a Donald Trump en Estados Unidos, los “fachas” en España, los skinheads neonazis en República Checa y otros grupos similares en Noruega y Suecia. Estos grupos además de tener la visión clásica del fascismo (la sociedad nacional como un ente homogéneo, militarismo, racismo, homofobia, anticomunismo y antisemitismo) han incorporado otros como la islamofobia y la antiglobalización.


La expansión de este neofascismo se debe a dos factores principalmente. Por un lado, la crisis global de la socialdemocracia y por otro, la estrategia global de los ultra-liberales de Red Atlas. La socialdemocracia, sea en sus vertientes europeas, sea el Partido Demócrata norteamericano o los progresismos en Latinoamérica, están en franca derrota. Esto se debe en gran parte a factores internos, las socialdemocracias para poder gobernar han buscado alianzas con las derechas tradicionales. Sacrificaron sus utopías revolucionarias y aceptaron varias premisas del neoliberalismo. Las europeas y norteamericanas, aceptaron la desregulación del poder financiero y las lógicas del militarismo expansionista de la OTAN. Al mismo tiempo, cuando fueron golpeadas por la crisis financiera del 2008, realizaron ajustes a los sectores populares y dejaron intocables a las grandes corporaciones y bancos. En América Latina los progresismos continuaron con el modelo extractivista y primarizador de los bienes naturales. La minería, la exploración de hidrocarburos, las plantaciones de palma africana, caña de azúcar, soja y maíz transgénicos continuaron sin recibir casi presiones de parte de los gobiernos. Debemos recordar que las industrias extractivas son tremendamente contaminantes y expulsoras de las comunidades locales y que, como bien explica Gudynas, las industrias extractivas fomentan la corrupción política [1].


La continuidad de ciertas premisas del neoliberalismo por parte de la socialdemocracia generó una serie de contradicciones que favorecieron la emergencia de la ultraderecha. La otrora orgullosa y sólida clase obrera blanca quedó totalmente a la deriva por las políticas neoliberales. Este sector encausa sus frustraciones en contra de los migrantes y todos esos “otros” favorecidos con alguna clase de política social (mujeres, LGBT, afrodescendientes, indígenas, gitanos-rom, poblaciones marginales). Odian profundamente a los políticos tradicionales y tienen un sentimiento antiglobalización.


La socialdemocracia al resignarse a un cambio estructural de las relaciones de poder en las sociedades perdió totalmente la batalla subjetiva por la clase obrera. Lo peor de todo es que esto se aplica a casi toda la izquierda. Recordemos que la socialdemocracia tuvo un peso gravitante en las izquierdas desde la postguerra y especialmente desde la caída del bloque del socialismo real. Por eso también hay una expansión de grupos nuevos de izquierda que retoman los postulados históricos del anticapitalismo. Incluso ha vuelto a emerger con una fuerza considerable el anarquismo, quien por mucho tiempo había perdido la batalla de masas contra el socialismo. A esta heterogeneidad de grupos de izquierda que, cuestionan tanto a las derechas tradicionales como a la socialdemocracia, se les ha puesto el rotulo de “antisistemas”.


A este momento de crisis profunda de la socialdemocracia debido a las contradicciones que ella mismo generó, se agrega la entrada en escena de un actor que hasta hace poco tiempo era desconocido. Estoy hablando de Red Atlas, una poderosa red de empresarios y activistas que luchan por una utopía anarcocapitalista. Esta red de think thank (“tanque de pensamiento” en inglés, grupos de estudio y producción) presente por lo menos en todas las Américas, en Europa y Medio Oriente se han propuesto combatir cualquier vestigio de Estado de Bienestar. Combaten a los gobiernos socialdemócratas y una vez derrocados estos destruyen todo marco regulatorio del libre mercado, así como los derechos sociales de los sectores subalternos, dejando totalmente desnuda a la población frente al capitalismo salvaje. Esta red se hizo visible a mediados de este año a partir de la investigación periodística de la revista The Intercept. Esta investigación fue recopilada y publicada por la Revista Lento en su número 54, de setiembre de este año. Al mismo tiempo la página Resumen Latinoamericano publicó un breve artículo sobre esta investigación [2].


La Red Atlas o Atlas Network estuvo atrás del triunfo electoral de Donald Trump y Mauricio Macri, así como también de los golpes de estado en Honduras y Brasil, la desestabilización en Venezuela y la actual campaña electoral de Piñera en Chile. Una regla bastante común para poder derrocar a las socialdemocracias es la alianza con grupos neonazis. Han generado una curiosa alianza entre fascistas y liberales contra el Estado de Bienestar y los movimientos populares. El ensayo por excelencia fue la denominada “Revolución Naranja”, el movimiento de masas anti ruso en Ucrania. Si bien Yanukovich era un corrupto y un fiel representante de los intereses rusos en Ucrania, el movimiento que lo derrocó no fue para nada emancipador. Comenzó como una protesta ciudadana organizada y liderada por sectores liberales pro Unión Europea. Sin embargo, frente a la represión policial, se aliaron con sectores ultranacionalistas conservadores. Grupos como Pravy Sektor, de clara ideología nazi, y Svoboda, de línea ultranacionalistas, organizaron la defensa de los manifestantes. Estos grupos de ultraderecha dieron entrenamiento militar a los manifestantes para que pudieran enfrentar de igual a igual a la policía. Es más, en las protestas de Maidán, se formaron grupos de autodefensa con clara estética neonazi.


Los neofacistas no solo generaron la resistencia necesaria para derribar al gobierno, sino que también fueron actores claves en el combate a las insurrecciones de las poblaciones étnicamente rusas en el este de Ucrania. Recordemos que, al poco tiempo de la dimisión de Yanukovich, en gran parte del centro y este de Ucrania, donde predomina las etnias rusas y tártaras, hubo intentos de crear repúblicas autónomas separadas del gobierno central. Los grupos fascistas organizaron milicias para ir a combatir esas expresiones populares regionales. Nada mejor para estos grupos que poder masacrar a otros étnicamente diferentes y que asumían una postura basada en los principios del socialismo real. El resultado fue la masacre de Odessa y una guerra civil de más de un año, guerra que recibía recursos para que se perpetuara tanto de Rusia como de la OTAN. Finalmente, solo sobrevivieron las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk. Y mientras los fascistas limpiaban al país de cualquier oposición a la Revolución Naranja, el nuevo presidente elegido fue un empresario multimillonario, Poroshenko [3].


Es que el fascismo es un arma muy poderosa y sumamente necesaria para los intereses de grupos empresariales como los de Red Atlas. Cuando se dice que el racismo es una de las formas de división del trabajo más antiguas y eficaces, es porque realmente es así. Fomentar el racismo produce la división absoluta entre la clase trabajadora, además de evitar la asunción social de determinados grupos condenados a los estratos más bajos. Esto claramente se puede ver con el movimiento skinhead. Un movimiento de origen afro jamaiquino y que en sus primeros movimientos convivían en perfecta armonía blancos nacionales británicos con inmigrantes caribeños. Sin embargo, el fomento del racismo por parte de partidos de derecha dividió totalmente a la escena del skinhead. División que ha costado vidas humanas y que por lo pronto no parece desaparecer. Esta división racial también ayudó a derechizar a varias generaciones de jóvenes de la clase obrera británica [4].


Las utopías de anarco capitalismo se encuentran con la limitante de que el estado y su aparato represivo e ideológico es el que garantiza el mínimo de orden necesario para reproducir a la sociedad de mercado. Capitalismo y estado nacional caminan de la mano en los últimos siglos. Sin embargo, la reproducción de formas sociales de control, o sea la reproducción de cierta forma de totalitarismo, podría ayudar a mantener el orden social, pero con una participación mínima del estado. Por eso, en los últimos tiempos, nos encontramos con el fenómeno que Boaventura De Souza Santos ha denominado “fascismo societal”. A mediados del siglo XX, el fascismo se manifestaba a través de golpes de estado, con censura, clausuras de parlamentos y supremas cortes de justicia, la ilegalidad de los partidos opositores y el desconocimiento de las libertades individuales. Hoy en día tenemos sociedades donde el parlamento funciona, hay partidos de oposición, hay suprema corte de justicia y sin embargo se vive en el fascismo. Se vive en el fascismo porque la sociedad se facistiza y además si bien funcionan las instituciones de la democracia liberal clásica, son usados con bastante recurrencia los estados de emergencia o estados de sitio. El trato cada vez más inhumano y cosificado a determinados sectores subalternos, el fortalecimiento de las policías de choque, la militarización de la vida social, las leyes antiterroristas y la obsesión con los enemigos internos y externos son ejemplos de ello. Países como Estados Unidos, Francia, España, Israel, México, Honduras, Colombia, Perú y Chile entre otros, funcionan mayormente de esa manera. Y parece ser que el fascismo societal será la norma en la mayoría de los países en los próximos años.


Ciertamente hay un sentimiento mundial antiglobalización, pero hay que saber bien para donde encauzarlo. Por un lado, estamos quienes cuestionamos a la globalización porque esta representa una forma contemporánea de colonialismo con consecuencias catastróficas para las culturas locales, para la naturaleza y para la independencia de los pueblos. Pero también están aquellos que cuestionan a la globalización porque buscan volver al formato de los estados nacionales fuertes. Como ya dijimos, estado-nación es un modelo político histórico asociado al capitalismo. Y cuando se habla de estado nacional fuerte se están remitiendo a modelos políticos asociado a la etapa del capitalismo basado en el capital nacional. El nacionalismo (que no es lo mismo que identidad étnica) es una forma de fortalecer un mercado en una entidad territorial concreta y rechazar productos de otros mercados. El modelo del capital nacional dio mucha estabilidad laboral a la clase obrera, así como una gran estabilidad psicológica (el chovinismo). Estas características pueden ser tentadoras frente a la vorágine del capital globalizado. Sin embargo, recordemos que la época del capital nacional era una época donde los jóvenes de clase trabajadora eran sacrificados como ganado en las guerras por delimitar fronteras, donde las identidades étnicas eran sumamente reprimidas, donde no había mucha movilidad social y donde las desigualdades sociales producto del sistema capitalista (no nos olvidemos, es nacional pero es capitalismo al fin) se camuflaban atrás del discurso de un pueblo unificado. Deberíamos luchar por la superación de las contradicciones del capitalismo, tanto del global como del nacional.


Por eso es sumamente importante que las fuerzas populares no se confundan. Sepan diferenciar claramente entre un proyecto emancipador y un proyecto reaccionario. De ahí la preocupación de que haya sectores de izquierda que no consideren a Proyecto Segunda República Oriental (PSR-O) como un neofascismo. Creemos que la crisis del progresismo ha contribuido al malambo ideológico en muchos compañeros y de ahí la necesidad de este artículo.


[1] Edurado Gudynas. Corrupción y extractivismo: mutuamente asociados.
[2] “Red atlas”: Conozca la actividad implacable de la internacional capitalista
[3] Para más referencias sobre la Revolución Naranja y la posterior guerra civil se recomienda ver el documental producido por un equipo de periodistas internacionales “Ucrania: el año del caos”
[4] Para más referencias sobre la historia del movimiento skinhead se recomienda ver el documental “Skinhead Attittude”