Nuestro secreto compromiso de encuentro

Texto Hernan Ouviña* / Imagen: Ilustración de Kate Evans
El pasado 15 de enero se conmemoraron los 100 años del asesinato de Rosa Luxemburgo, compartimos las palabras de introducción del reciente libro que recoje la fertilidad de su pensamiento en las luchas latinoamericanas.

¿Acaso no nos roza, a nosotros también, una ráfaga del aire que envolvía a los de antes? ¿Acaso en las
voces a las que prestamos oído no resuena el eco de otras voces que dejaron de sonar?
(...) Si es así, un
secreto compromiso de encuentro está entonces vigente entre las generaciones pasadas y la nuestra.
Walter Benjamin (2007)

 


Dos tragedias signaron la vida de Rosa Luxemburgo e impidieron que nuestro encuentro con ella se concretase más tempranamente. A su cobarde asesinato –que constituyó un verdadero crimen de Estado y hoy incluso cabe catalogarlo como femicidio [1]– le sucedió la construcción del llamado “luxemburguismo”, epíteto éste que tendió a generalizarse como sinónimo peyorativo para denunciar a militantes y organizaciones distantes de la línea stalinista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Si al poco tiempo de su muerte Ruth Fischer convoca a eliminar de las filas del Partido Comunista Alemán el “bacilo sifilítico” introducido por Rosa, en 1931 Stalin denuncia su “semi-menchevismo” y le endilga ser, junto con Parvus, la creadora de la peligrosa “teoría de la revolución permanente”.

Por su parte, sectores opuestos desde un inicio al proceso soviético o enemistados con la opción de un socialismo de carácter anticapitalista por fuera de la institucionalidad estatal, tendieron a hacer un uso instrumental de ciertos textos y borradores de Rosa con igual malicia. La deliberada omisión de sus posicionamientos en contra del parlamentarismo burgués y en favor de una democracia consejista, o su coherencia ética e internacionalista frente a la claudicación de la socialdemocracia europea ante la primera guerra mundial, perdían relevancia en pos de resaltar casi de manera exclusiva las críticas que ella supo formular al bolchevismo y a Lenin en particular. En paralelo, algunos de sus textos comenzaron a ser difundidos a cuentagotas más allá de Alemania o Polonia, aunque en ocasiones mediante actos de prestidigitación que redundaron en la edición de libros o compilaciones de su “autoría” en Europa, bajo títulos como Marxismo contra dictadura (1934) o La revolución rusa: un examen crítico (1948).

A contramano de su original propuesta de relectura del marxismo no en los términos de un sistema acabado a “aplicar”, sino como caja de herramientas y estímulo para el pensamiento crítico y la acción disruptiva, el “luxemburguismo” resultó una doctrina cerrada. Esto empobreció y desvirtuó los notables aportes de Rosa e hizo de ciertas reflexiones coyunturales e interpretaciones situadas, un rígido y descontextualizado dictum al margen de todo tiempo y espacio, sospechado por igual de “menchevique”, “catastrofista”, “anti-organizacional” y “ultraizquierdista”.

De ahí en más, las conmemoraciones y recordatorios de su figura se mantuvieron en pie a costa de invisibilizar su rica y compleja producción teórica y política. Y a pesar del temprano llamado de Lenin a editar las obras completas de esta “águila”, a quien apreció muchísimo más allá de sus diferencias y supuestos errores, Rosa se convirtió en mero ícono de lucha sin mayor conocimiento de su herencia intelectual y militante, apenas una referencia de dignidad y entereza, de vida noble interrumpida abruptamente a culatazos. Pero poco y nada se conocía en profundidad acerca de su pensamiento y acción, ni de sus conceptos y propuestas políticas más potentes. Menos aún de la revolución alemana de la que llegó a formar parte antes de ser asesinada. La cruenta derrota de ese proceso trocó en “fracaso” estrepitoso que bajo ningún punto de vista debía ser aprehendido ni estudiado y, por tanto, sus enseñanzas y potencias disruptivas quedaron enterradas para siempre en el basurero de la Historia.

Hay que recordar que dos tragedias se abatieron durante aquellos tiempos sombríos sobre el movimiento obrero y los pueblos de Europa: por un lado, el nazi-fascismo y, por el otro, el stalinismo. Esto trajo aparejado, en particular tras la segunda guerra mundial, una disociación creciente entre teoría y práctica revolucionaria, esto es, un desencuentro entre las lúcidas reflexiones elaboradas por reconocidos intelectuales (por lo general académicos), y la capacidad de que tales elucubraciones tengan un correlato o arraigo material en el accionar cotidiano de las masas populares. Casi sin excepciones, esta nueva generación echó de menos una sustancial dimensión del marxismo como era (y es) “la discusión estratégica de las vías por las que un movimiento revolucionario podría traspasar las barreras del Estado democrático burgués para alcanzar una verdadera democracia socialista” (Anderson, 1986: 17-18).

A pesar de este eclipsamiento que duró décadas, la rebelión global de 1968 tornó propicia la exhumación de Rosa como militante anticapitalista e integral. En las multitudinarias manifestaciones contra la guerra en Vietnam, junto a pancartas de Hồ Chí Minh y el Che Guevara, se destacaron las de su inconfundible rostro. El mayo francés, el otoño caliente italiano y el movimiento estudiantil y de izquierda extraparlamentaria en Alemania, revitalizaron sus ideas y propuestas. Si ya la revolución cubana había abierto tempranamente un período de recreación del pensamiento crítico en América Latina, movimientos insurgentes y rebeliones populares como el Cordobazo traían al presente sus aportes y elucubraciones.

Una nueva generación militante hizo visible y redescubrió, en aquellos convulsionados años, a un crisol de tradiciones opacadas por el bolchevismo y la socialdemocracia, que brindaban pistas para intervenir y comprender la irrupción plebeya y los desbordes desde abajo que despuntaban por doquier en las décadas de 1960 y 1970 a nivel global, mostrando un invisible hilo rojo entre estas apuestas emancipatorias de carácter radical, y las desplegadas durante las primeras décadas del siglo XX en Europa: el bienio rojo en el norte de Italia, la revolución alemana (y dentro de ella la Comuna de Berlín), así como la proliferación de soviets y consejos en Rusia y Hungría.

Para la nueva izquierda latinoamericana gestada al calor de la revolución cubana, pero también para aquella surgida en las metrópolis de Europa y Estados Unidos, o la existente en los abigarrados territorios del llamado Tercer Mundo, Rosa floreció como referencia ineludible a nivel intelectual y político, ya sea en su faceta teórica o en su devenir militante, para oxigenar proyectos emancipatorios y reinventar la praxis revolucionaria.
Recién en este contexto de agitación y deshielo del marxismo, en la propia República Democrática Alemana se lograron publicar sus obras entre 1972 y 1975 (por cierto, no completas en sentido estricto, pero sí al menos en una forma más amplia y detallada), y lo mismo puede decirse respecto de su Polonia natal. Peor aún es el caso de Rusia, donde a pesar de que Lenin haya instado en 1921 a editar sus obras completas, sólo en la década de 1990, tras la caída del régimen soviético (que de soviético tenía poco y nada) se difunde por primera vez su borrador acerca de la revolución rusa, escrito tras las rejas en 1918 y dado a conocer pocos años más tarde en Alemania.

En América Latina, tempranamente militantes políticos y “teóricos de base” como Mario Pedrosa en Brasil, editoriales como Grijalbo y Era en México o grupos como Pasado y Presente en Argentina, tradujeron y dieron amplia difusión a sus textos y manuscritos. Hace 50 años atrás, en ocasión del aniversario de su asesinato, José Aricó retomaba a Robert París para afirmar que editar a Rosa Luxemburgo es ante todo un acto político, que “adquiere una doble significación: la de un homenaje a la revolucionaria asesinada por la canalla de Noske, y a la vez la del rescate de una elaboración teórica y política fundamental para el marxismo, silenciada durante años por el stalinismo” (Aricó, 1969: 11). En esa coyuntura tan convulsionada en Argentina, sacudida por una imprevista rebelión obrera y estudiantil con tintes espontáneos y donde hasta los sindicatos y organizaciones de izquierda más avezadas y combativas se vieron desbordadas en las calles de Córdoba, esta generación reconocía sin ambages que “el pensamiento de Rosa Luxemburgo se nos presenta de una actualidad sorprendente. Es quizás esa actualidad lo que atemoriza tanto a los dogmáticos y los impulsa a seguir silenciando a la gran revolucionaria” (Aricó, 1969: 12).

Como se puede comprobar revisando las fechas de edición de los libros y materiales que abordan la obra de Rosa, la bibliografía centrada en ella tiene su explosión mayor en los años ’70. Sin duda hay una coyuntura y un contexto global y latinoamericano que requiere herramientas teórico-analíticas y de intervención militante que vayan a contramano de los dogmatismos predominantes hasta ese entonces, y los escritos de Rosa resultan –ejercicio de traducción y actualización mediante– una brújula potente en aquel conmovedor tiempo histórico de crisis y reestructuración capitalista, donde la politización de las clases populares y el ascenso de las luchas constituye una invariante condición de época. Y ya lo decía sabiamente León Rozitchner, alguien que al igual que Rosa repudiaba los “modelos burgueses de rebeldía”: si la sociedad no se mueve, la filosofía no puede pensar. Menos aún, reinventar el pensamiento crítico y la praxis revolucionaria en función de los nuevos desafíos que nos depara una realidad tan difícil de asir.

Así pues, más allá de las especificidades y contextos situados, podemos caracterizar la existencia de tres grandes momentos o ciclos de la lucha de clases a nivel mundial, que condicionaron las lecturas, diálogos y apropiaciones de la obra de Rosa: el primero de ellos, del que participa ella misma, tiene a la revolución mexicana en América Latina y a la rusa en Europa y Asia como puntas de iceberg, pero cobija debajo de esa superficie a un crisol de experiencias insurrectas de lo más variadas. Intelectuales orgánicos como José Carlos Mariátegui, Luis Emilio Recabarren o Julio Antonio Mella en nuestras tierras, o Vladimir Lenin, György Lukács, Antonio Gramsci, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo en Europa, son el emergente de esa época de guerras, crisis y revoluciones. El segundo, que tal vez se inicia con la revolución cubana en nuestro continente y tiene su punto de condensación máximo en la revolución global de 1968, revitaliza al pensamiento y acción de Rosa para confrontar con los partidos de la vieja izquierda y los sindicatos burocratizados, e imaginar una política plebeya y liberadora más cercana a la vida cotidiana. El tercero, finalmente, que emerge al calor de las resistencias y luchas en contra del neoliberalismo en los años ’90 y que, al margen de los vaivenes y cimbronazos vividos recientemente, aún no se ha cerrado.

En efecto, Rosa ha renacido en las últimas décadas al calor de las tomas de tierras del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) en Brasil y del alzamiento zapatista en el sur de México, en el “Caracazo” en Venezuela y en las puebladas espontáneas en Argentina durante 2001, dando origen a movimientos y procesos políticos novedosos de enorme radicalidad en la región; en la irrupción de los pueblos indígenas y organizaciones comunitarias que resisten a la acumulación por despojo y defienden sus territorios a partir de la soberanía alimentaria y el buen vivir; en la ola verde de un feminismo popular que grita “¡Ni una menos, vivas nos queremos!” y cobra visibilidad y contundencia en su denuncia del patriarcado y la violencia contra las mujeres, en el movimiento estudiantil latinoamericano y el relevo generacional que vivenciamos actualmente, donde jóvenes de todo el continente no tienen tapujos en desafiar estereotipos, situaciones de privilegio y paradigmas de injusticia y opresión, para intentar cambiar todo lo que deba ser cambiado.

Este libro no pretende ser más que una apretada síntesis de estos debates e intercambios colectivos, algo así como una sistematización, subjetiva y provisoria, de los aprendizajes y el diálogo de saberes, sentires y haceres que hoy circunda a América Latina. Elegimos hacerlo a partir de un doble movimiento descolonizador: analizar y problematizar a nuestro continente como marxistas, pero a la vez cepillar a contrapelo a estos marxismos como latinoamericanos/as y desde el presente en el que vivimos. No con un ánimo de mera exegesis ni para ejercitar una nostalgia que siempre resulta contrarrevolucionaria, sino en pos de reinventar la praxis política desde abajo y a la izquierda, de cara al futuro como quería Rosa, para quien “la política del proletariado no conoce ‘la vuelta hacia atrás’; sólo puede marchar hacia adelante, a ella le es necesario ir más allá de lo que existe, sobrepasar lo que acaba de ser creado” (Luxemburgo, 1972: 153). 

 

[1] El 15 de enero de 1919 por la noche, soldados integrantes del Freikorps, un cuerpo paramilitar de veteranos del antiguo ejército imperial del Kaiser, detienen a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebknecht, ambos de 48 años de edad. De ultraderecha y extremadamente misóginos, se ensañan con alevosía contra ella: “ahí va la vieja prostituta”, exclaman sus captores al identificarla. La arrastran por el suelo y la golpean con la culata de sus rifles en la cabeza, para ya en un vehículo plagado de militares rematarla a tiros. Finalmente, la arrojan sin vida desde un puente a un
canal. “La vieja mujerzuela está nadando ahora”, expresa con sorna uno de sus asesinos. Tras estar desaparecida casi cinco meses, su cuerpo será encontrado en el río Spree en Berlín. Su crimen, al igual que el de Liebknecht, aún hoy se mantiene impune.


*El texto corresponde a la introducción del libro "Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política. Una lectura desde América Latina", de Hernán Ouviña, publicado por la Editorial El Colectivo, la Editorial Quimantú y la Fundación Rosa Luxemburgo.