Pescado rabioso

Paula Simonetti
En días revueltos, días de ocupar la calle con los docentes y con las mujeres, días de ir a ver al Indio Solari y volver con bronca y con dolor, días de encontrarse con miles de compañeros y compañeras, marchar, gritar, bailar, y días, también, de scrollear en las redes y verse con opiniones, comentarios, fotografías, artículos académicos, fuegos cruzados de un lado y del otro, me pregunto ¿qué hacer con lo que no podemos pensar todavía?

Ayer escribí una reflexión voraz, desde el enojo, desde el desconcierto, desde este no saber qué hacer con lo que aparece en mi pequeña pantalla. Empiezo por el final. El primer comentario que recibí dice lo siguiente:

“Es verdad lo que escribes, pero también pienso que este espacio cibernético (como casi todo el resto de los espacios de intercambio -porque cuáles no están atravesados por lógicas capitalistas y patriarcales-) puede habitarse de modos críticamente abiertos al diálogo y la empatía. Aquí he encontrado textos magníficos y conversaciones conmovedoras...no sé...acaso es sólo mi adicción a este ámbito...pero creo que también aquí en este espacio hay que dar batallas y producir otras afectividades y maneras de relacionarnos”.

Lo dice Javier Contreras, un filósofo, bailarín, teórico, militante, amigo, compañero mexicano. Traigo estas palabras porque también son parte de la reflexión. Porque son parte del contexto, y porque, a pesar de lo que pude poner en palabras, esta otra cara existe, y es por ella, entre otros motivos, que finalmente decidí subir el texto a las redes. El texto (apenas retocado) dice más o menos lo siguiente:

Hoy me acordé por qué hace poco más de un mes había decidido alejarme del mundo Facebook. Es realmente impactante cómo se producen, circulan y consumen las opiniones express. Parece tan sencillo encontrarse con decenas de “genios” y también de “criminales”, virtuales, sí, ¿pero impunes? El cinismo generalizado hace que estas dos cosas muchas veces convivan en las frases de una misma persona. Seguramente siempre haya sido así, las personas somos contradictorias y complejas, pero el espectáculo que se hace a partir de eso es siniestro. Me impresiona y me asusta lo que se va generando y degenerando en las redes. Sobre todo, la experiencia que nos están queriendo hacer vivir del tiempo, del otro, de la política, de la subjetividad, de la violencia, de la libertad, del afecto. De la vida y de la muerte, en definitiva. Cómo todo esto forma y produce subjetividad. La velocidad con que circulan los textos e imágenes que van desde “sesudas reflexiones” sobre lo que pasó ayer, hasta fotos de hijos, sobrinos, parejas, embarazos, y la voracidad con que las consumimos, mostrando acuerdo y desacuerdo acerca de absolutamente todo lo que somos capaces de devorar, a través de sintéticos me gusta, no me gusta, me encanta, me enfurece, me divierte, o de comentarios directamente criminales e infundados hacia personas y hechos que desconocemos por completo. Todo decorado con simpáticos emoticones, guiñadas, chanchitos, corazones, caras tristes, gatitos, etc., etc., etc., etc. A quién más ingenioso, a quién tira la bomba más grande, a quién la tiene más grande. Todo es posible, decible, consumible, manoseable. Esto mismo lo es, no tiene salida.

Sobre este callejón sin salida también se escribe, se produce, se consume, se debate. ¿Quién está a salvo de esto? Se ve que muchos, porque no dudan ni un instante en tirar la primera piedra. Algunos celebramos esta democracia cibernética, o bien porque somos cínicos, o bien porque de verdad creemos en ella.  Nos volvemos más cool en la fiesta diversa donde todo es multicolor como las campañas Benetton, en tanto las corporaciones y las megaempresas se nos cagan de la risa y capitalizan la diversidad y el conflicto para hacerse más poderosas aún. ¿De qué me sirve a mí ponerme a discutir con el tipo/la tipa que vive en las exactas mismas condiciones de opresión y asfixia que yo? ¿Es realmente trascendente quién “la tiene más grande” acá? ¿O en la academia? ¿O en la asamblea? Claro que nadie es tan “idiota” como para tomarse esto en serio de verdad, de otra manera no se entiende que sigamos vivos y “cuerdos”.

El problema es la manera en que esta lógica se reproduce sin fin fuera de las redes: en la academia, en la militancia, en las organizaciones que conozco, en el amor, en la amistad, en la crianza de los niños, en las escuelas, etc. Para un académico es posible producir en dos horas un análisis mediocre donde queda bien con esa extraña izquierda que defiende y con la vertiginosa exigencia de producción de conceptos, ideas, opiniones, y en esas mismas dos horas publicarlo, difundirlo, ser celebrado por sus amigos y agredido por sus enemigos. En tanto para un padre es posible no escuchar/mirar a la cara a un hijo que a su vez ni interés tiene en hablar, ya que está “hablando” continuamente con sus pares por su celular último modelo, al igual que el padre, que habla por whatsapp y maneja un auto para llegar a su casa después del trabajo y seguir consumiendo y produciendo su imagen para lo cual le pide a su hijo una foto con cara sonriente, y la sube a Facebook mientras con la otra mano pide la comida.

Hay que decir cómo nos sentimos, qué pensamos de esto, de aquello, de lo de más allá, todo el tiempo sin parar. ¿Eso es ser libre? ¿O es que somos pescados que con su último aire en vez de golpear la red golpeamos al de al lado?  ¿En qué sentido es posible que yo produzca algo con un mínimo de criterio en donde analice las consecuencias de la culturalización de la política desde los años 80 hasta hoy si tengo que hacerlo en una semana? ¿Para qué nos sirve que el intelectual iluminado salga por Facebook a insistir y justificar por qué el movimiento feminista resulta funcional a la lógica neoliberal mientras por la pantalla de la tele ve que hay trescientas mil mujeres en las calles de su ciudad? ¿Qué están aportando estas personas, por lo general, curiosamente, hombres? ¿Es que no tienen nada más urgente y apremiante que hacer por el mundo que culpabilizar a las miles y millones de “abombadas” y además “ciegas” que estamos en la calle manifestando por una causa que es, le pese a quien le pese, justa? ¿En qué sentido es verdad que las causas feministas, antirracistas, anti homofóbicas, etc., se contradicen con la lucha por la igualdad de todos los seres humanos? ¿No será que hay distintas maneras en que esas luchas son negociadas, cooptadas, apropiadas? ¿No será que no todo da lo mismo? ¿No será que, aunque “pegue más”, simplificar, generalizar, agredir, en los medios, en los lenguajes y en el espacio-tiempo que nos están imponiendo es un acto, por lo menos, irresponsable?

¿Y en todo caso, qué estamos proponiendo? ¿Tengo que salir a tirarle bombas a las organizaciones sociales y a las fundaciones que se enriquecen y cobran prestigio tras el slogan -que hasta el BID apoya con entusiasmo- de que están transformando el mundo a través del arte y la cultura, en tanto reproducen lógicas criminales hacia adentro y hacia afuera? ¿Tengo que decir que no “me gusta”, que me “entristece”, que me “enfurece”? ¿Tengo que decir” todxs”, “cuerpas”,” pueblas”, ya mismo y en todos los lugares sin distinción para ser un revolucionarix de verdad? ¿Tengo que decir que la responsabilidad es del Estado si me conviene ahora? ¿Tengo que sacar toda mi información, mis fotografías y mis opiniones express de la red porque definitivamente hay quienes se están haciendo de las riquezas que al 99% de la población nos faltan, entre otras cosas, a través de emprendimientos como Facebook? ¿Los que votaron a Trump, los que votaron a Macri, son tan idiotas en verdad? ¿La gente no está diciendo algo cuando sale a las calles contra la desigualdad, contra el acoso, la violación, la opresión, la discriminación, o cuando lo hace por la educación, y también cuando vota a estos energúmenos de cuarta? ¿No será que todo es parte de un mismo hartazgo y que estas manifestaciones están lejos de no tener nada que ver entre sí? ¿No será que estamos hasta el cuello de las mentiras de los “neoliberalistas progres”? ¿No será que definitivamente no queremos una izquierda perversa, que sigue profundizando la desigualdad, que no cuestiona ni en lo más mínimo este modelo de desarrollo con el que nos están matando? ¿No será que la gente finalmente no es ni tan ciega ni tan abombada? ¿No será que nos está distrayendo esta competencia voraz por la mejor opinión, el mejor artículo, la mejor foto, el hijo más lindx, el lenguaje más revolucionarix, la categoría de conocimiento más operativa, el slogan más subversivo? ¿No será que nuestros egos están fuera de control produciéndose y vendiéndose en textos, me gustas, y fotografías? ¿Tan cínicos somos?

No, no tengo ninguna respuesta, no tengo ninguna opinión, solo tengo este nudo en el estómago y esta necesidad de bajar la pelota y encontrarnos en la calle. Y sí, estoy en el bando de “las idiotas” que piensan que es posible.