Poesía por hacer

Daniel Vidal / Imagen: ZUR
Charla sobre poesía anarquista en el Uruguay

Ocurre con la poesía anarquista aquello que observa Jacques Rancière para la literatura. Se trata de una entre ciertas nociones tan imprecisas como conocidas, “tal fáciles de concretizar y tan proclives a engendrar vaguedades” (La palabra muda 10). Podría agregarse otras cualidades, no menos paradojales. La poesía anarquista es un fenómeno tan evidente como oculto, un ejemplar en extinción y una tozuda sobreviviente. Y si trasladamos el concepto de lo poético desde el campo literario hacia el vasto universo de los signos, podríamos afirmar: donde hay un anarquista, hay poiesis. Al fin: no se concibe el anarquismo sin poesía y no se imagina el anarquista sin creación.

Hablar de estas cosas es mi intención para la charla que propuse a Patricia Minarrieta del Patio Catalpa (Pablo de María 1040 bis casi Durazno) para el viernes 22 de febrero a las 19 horas (entrada libre). El recorrido se inicia en algunos poetas anarquistas del Novecientos (Falco, Silva, Pérez y Curis, Galán), salta al cancionero anarquista de Carlos Molina y enseguida a los versos libertarios de poetas que escriben en la actualidad: Ruda 1312, Manuel Santos, Mariano González, Miguel Ángel Olivera. Además de la lectura escucharemos algunos temas y proyectaremos imágenes que amenizarán el diálogo con los asistentes.

La piedra de toque es una pregunta: ¿existe una definición de la poesía anarquista? Se trata, a primera vista, de un modismo que protege una conveniencia: identificar de manera directa e inequívoca un objeto discursivo echando mano a una etiqueta ideológica. Pero esta plataforma otorga un descanso mental irrisorio y dudoso. Refiere sólo a una condición temática de esta poesía y no a su eventual singularidad retórica. En este último escenario resulta peregrino procurar un tinte “anarquista” porque en todo caso se trataría de elementos retóricos utilizados de manera predilecta por determinados grupos ideológicos y porque, en especial, esa sustancia convocada en su función caracterizadora no admite una definición única ni permanente. Así como no existe una definición del anarquismo no existe una definición de la poesía anarquista. Existen muchos anarquismos y los anarquismos cambian con las épocas y con las personas. El anarquismo, como explica Luce Fabbri (En el camino) no tiene etiquetas, se moldea con los contextos y con los individuos, al punto que cada unx puede recoger elementos dispersos, elaborar su propia fórmula y exponerla. La receta es simple, tal como la reveló Fabbri: “Yo pienso así”. Claro que no siempre estamos solxs ni desconcertadxs y las más de las veces las pautas están ahí, al alcance de la mano: versos que celebran la anarquía, despotrican contra el Estado y el capital, alientan a la revolución social. ¡Son tan previsibles! Otros, sin embargo, la complican: no hablan del capitalismo ni de la burguesía y, para peor, se derriten en un mar de imágenes grandilocuentes, se zambullen en sentimentalismos anacrónicos, parecen románticos empedernidos, ¡¡¡seres que expelen amor!!! Para conciliar estos fenómenos echo mano al sentido común: lxs poetas anarquistas escriben versos que hablan sobre la anarquía pero también escriben versos que no hablan de otras cosas. Estas últimas poesías ¿integran un campo de sensibilidades anarquistas o están fuera de ellas? La poesía anarquista sería aquella que tematiza la anarquía, aquella escrita por individuos proclamados anarquistas, aquella que se integra a un vasto e indefinido universo de sensibilidades acordes con modos de pensar y de vivir de lxs anarquistxs, etc.

Las preguntas y las reflexiones parecen hacernos avanzar hacia puntos de resolución y, al mismo tiempo, suman nuevas problemáticas tan evanescentes como la primera que les plantee al inicio de esta nota. Pero una vez más la solución -si es que la necesitamos- está al alcance de la mano: si, como dijo Fabbri, el anarquismo lo hace cada unx, entonces la poesía anarquista es aquella así leída o escuchada como tal por cada unx. Con un agregado que erosiona la pátina de esta pócima mágica: nadie está exento de contaminaciones normatizantes a la hora de interpretar un texto y pertenece, más que a una subjetividad abstracta, individual e inmaculada, a una o a varias “comunidades interpretativas” (Stanley Fish, “¿Hay un texto en esta  clase?”).
   
Estas son algunas de las inquietudes que llevaré a la charla del viernes 22 pero que nadie se inquiete: para evitar la fuga total hacia los baños o hacia la calle facilitaré el descanso espiritual con el auxilio inestimable de lxs poetas.

Voy a leer versos de poetas publicados en la prensa libertaria del Novecientos en el Uruguay. De Ángel Falco (“La lucha”, en el periódico Nuevo Rumbo y luego en el volumen Cantos rojos, 1907), el poeta dandy, anarquista, el que habló subido a un árbol al Presidente Batlle y Ordóñez -él en el balcón de su casa presidencial- durante la primera Huelga General de 1911, amigo de Florencio Sánchez y de Julio Herrera y Reissig, el que llamó a votar la segunda presidencia de Batlle y se peleó con los anarquistas del periódico El Anarquista, el que sustituyó la acción callejera por los sillones diplomáticos en Italia y en México, el que ayudó a Radowinsky, volvió al Uruguay y reeditó su libro Cantos Rojos (1962) con lo que quedaba de la vieja Federación Obrera Regional Uruguaya. Versos del menos conocido Máximo Lirio Silva, porque su canto a “¡Chicago!” resume el lirismo anarquista idealizador de las épicas obreras que muchos de estos escritores pequeñoburgueses admiraron pero o vivieron (tomo la  idea de Rancière, La noche de los proletarios, particularmente duro con “los poetas que conocen el infierno sólo por la imaginación”), me detengo un rato en Manuel Pérez y Curis, imprentero y escritor autodidacta, poeta y ensayista, director de revistas (Sagitario, La Aurora, Apolo), amigo de Delmira Agustini (prologó su Cantos de la mañana, 1910); murió en 1920 rodeado de su familia y al pie de sus ideales: Batlle y Ordóñez lo llamó un día para cautivarlo con la tranquilidad económica estatal pero Manuel le respondió con un lacónico: dígale al Presidente que sus ideas no son las mías y que no me imagino de qué podemos llegar a hablar. El Novecientos lo cierro con las décimas “Milongas sociales”, de Enrique Galán, o quizás abra con ellas porque sintetizan muchos de los aspectos que entiendo sobreviven en la poesía que podríamos llegar a llamar anarquista. Esta veta  anarcocriollista es el puente hacia la mitad del siglo XX con poemas y canciones de Carlos Molina, algunos de su primer libro, Cantándole al pueblo (1956).

En algún momento convocaré a los teóricos del anarquismo que refieren al arte (Proudhon, Tolstoi, Kropotkin, Reszler), para remarcar cuatro o cinco ideas: el anarquismo desmonta la idea del genio creador: todxs somos artistas. En su poesía la libertad imprime el hálito antiautoritario de su performance; el desprejuicio va de la mano de su pluralidad; no se amolda a una definición omniabarcativa sino a focos de intensidad que la recortan y expone una constelación de sostenidas contradicciones. La figura del oximoron es la que mejor se adecua para representar esta constante imprudente que tensiona polos antitéticos (razón/instinto; orden/desorden; oralidad/escritura; culto/popular) desde una perspectiva más proudhoneana que marxista porque se trata de admitir una armonía en la convivencia de opuestos antes que su disolución hacia un tercer escenario resolutivo, tal como el filósofo francés argumenta en Filosofía de la miseria (1846), convocado en el Río de la Plata por Aníbal D’Auria.

Mucho de lo anterior lo leo y escucho en versos de las muchachas de Ruda 1312, en el poema “Amor y guerra” de Manuel Santos, en la ironía sostenida de Estados de la maceta, de Mariano González, en el poema homenaje a los anarquistas fugados de Punta Carretas en 1931 a través de un túnel que asomó por la “Carbonería El Buen Trato”, de Miguel Ángel Olivera.

Hurgar en la poesía anarquista provoca el efecto expansivo de una detonación. Despierta curiosidad, rechazos y adhesiones. Puede parecer aburrido o atrapante. Cuando publicamos el afiche de la convocatoria en facebook Olivera se sintió convocado y me envió el poema sobre los anarquistas fugados de Punta Carretas. Mi idea es que otrxs intervengan con sus ideas y sus textos y  pensemos en la potencia actancial de la poesía de todos los tiempos desde un puñado de anarcos ilusorios y veraces que hablan de amor y rebeldía en un mundo inundado de banalidad y egoísmo. Acaso merecen, al menos, la opción de ser escuchados. 

 

 

Daniel Vidal es docente e investigador universitario (Udelar)