Populismo made in USA

Gonzalo Fiore Viani /Foto: La tinta
La administración de Donald Trump refleja a un sector de la población blanca de Estados Unidos que representa el conservadurismo más duro del país.

Cuando la candidata presidencial del partido Demócrata, Hillary Clinton, dijo, durante la campaña electoral de 2016, que “la mitad de los seguidores de Trump pertenecen a una canasta de deplorables”, no estaba haciendo más que evidenciar un agudo desprecio y odio de clase hacia una parte de la Norteamérica profunda. Ese sector del país está integrado por gente mayoritariamente blanca, conservadora, generalmente, con poca educación formal y de bajos recursos económicos. Esa parte del país votó en masa a favor de Donald Trump y, al día de hoy, constituye su mayor fuente de apoyo. El presidente es visto por ellos como alguien mucho más cercano, cuyo lenguaje llano les habla sin mediaciones. Trump no proviene de una prestigiosa universidad de la Ivy League y es todo lo contrario a lo políticamente correcto.

Un error que cometió durante la campaña el progresismo estadounidense, y que sigue cometiendo hasta ahora, es creer que a un granjero en Alabama o a un trabajador en Detroit, cuya fábrica cerró, les importa a quién dicen que hay que votar Jay Z, Beyonce, Lena Dunham o Madonna. Muchísimo menos, si quienes lo dicen son maestros de la literatura contemporánea estadounidense como Richard Ford, Margaret Atwood o Stephen King, de quienes quizás jamás hayan escuchado sus nombres, a pesar de que describen como nadie la vida de la Norteamérica profunda de la segunda mitad del siglo XX, de la cual ellos mismos son sus protagonistas silenciados -cuando no despreciados y objetos de burla- por el establishment político y cultural, pero protagonistas al fin.

Tras la derrota de 2016, el Partido Demócrata ha experimentado un corrimiento hacía la izquierda, liderado por mujeres jóvenes como Alexandra Ocasio-Cortez o por veteranos como Bernie Sanders. Una estrella en ascenso es el alcalde de 37 años de la ciudad de South Bend, en el estado de Indiana, Pete Buttigieg: un hombre gay, que, a su vez, se reivindica jesuita y admirador del Papa Francisco, que ya anunció su intención de postularse a la presidencia de Estados Unidos en 2020. Sin embargo, los demócratas aún tienen como desafío lograr hablarles a aquellos a quienes Trump interpela tan bien. En un principio, Buttigieg podría, ya que, además de presentarse como un progresista, proviene de la América profunda ajena a las élites tanto culturales como intelectuales de New York, California o Washington.

La clase media norteamericana, que, en una época, supo ser la más prospera del mundo, en las últimas décadas, fue perdiendo poder adquisitivo. El mismo Fondo Monetario Internacional (FMI) señalaba, en 2016, que uno de cada siete estadounidenses vivía en condiciones de pobreza y el 40 por ciento de los pobres estaba trabajando. Esto llevó a un fuerte resentimiento de la clase media baja blanca, que vio en Trump -y sus discursos acerca de cómo el Estado norteamericano los había abandonado- una especie de salvador que venía a devolverles la grandeza que habían perdido. Esa población entendió el “Make América Great Again” como una interpelación a ellos, a “la verdadera América”, la misma América que les habían quitado “las minorías, los gays, los feministas, los negros, los hispanos, los liberales”. Es decir, todo lo que tenga que ver con el multiculturalismo que asocian al progresismo de clase media alta.

Aunque muchos lo vean impensado, Trump corre con todas las posibilidades para ser reelecto en 2020. Tres años después, el presidente ha cumplido las promesas que le hizo a su electorado. Estados Unidos experimenta su mayor nivel de empleo en cincuenta años. La desocupación alcanza apenas el 3,6 por ciento. Empresas que producían en el extranjero han regresado al país, al mismo tiempo que la obra pública se ha disparado por las nubes y se han recortado los impuestos. La contracara de esto es el déficit y la deuda pública. Aunque, por ahora, el PBI del país crece a la par, incluso de forma mayor. Luego de la crisis de 2008, los llamados “rednecks” se vieron arrasados. Imposibilitados de competir con los grandes pooles de siembra, además, su poder de producción era mínimo en el mejor de los casos. Cuando Trump dice “América first”, ellos escuchan “nosotros primero”. 

El genial escritor originario del sur profundo, William Faulkner, en su obra, prefigura a un personaje bastante similar a Donald Trump. Un hombre llamado Flem Snopes, quien, sin absolutamente ningún escrúpulo a la hora de buscar lo que quiere, alcanza el poder mediante métodos bastante cuestionables. Snopes representa a todo el sector del electorado norteamericano que “lo único que saben y lo único en que creen es el dinero, importándoles un carajo cómo se consigue”, escribe Faulkner. Como Trump, que ha logrado presentarse ante el electorado, al igual que Snopes, como la encarnación misma del sueño americano. Es el self made man que crece sólo en base a su propia capacidad, a pesar del gobierno corrupto e intervencionista que vive del trabajo ajeno. Todo esto, sumado al odio visceral hacia los inmigrantes y el patriotismo exagerado. Mientras las élites supuestamente progresistas se burlan de esos sectores, Trump los abraza.

Es interesante traer a colación el nombre de Faulkner, ya que, si bien el novelista sureño era un hombre progresista y liberal para su época, también describía con cierto cariño a esos habitantes de la Norteamérica profunda. Hombres y mujeres atados a tradiciones arcaicas, fanáticos de las armas y atemorizados por el avance irrefrenable de los tiempos modernos y la globalización imparable. Lejos de todo sesgo paternalista o clasista, Faulkner prefería la compañía de esos seres humanos poco sofisticados, toscos, racistas y, muchas veces, violentos, que hoy, en general, constituyen una base fundamental del apoyo a Trump por sobre la de sus colegas académicos e ilustrados, despreciando todo lo que tenía que ver con el establishment literario. Es por eso que es interesante traer a colación una frase que el escritor pronunció tras el linchamiento de Emmett Till –un joven negro de 14 años acusado de silbarle a una mujer blanca- durante la década de 1950: “¿Merece sobrevivir este país?”.

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Publicada originalmente en: www.latinta.com.ar