Qué me importa...

Pilar Uriarte / Foto: claroscuro.com.mx
Algunas consideraciones frente a la divulgación de la iniciativa de reasentamiento de refugiados salvadoreños en Uruguay.

Como reguero de pólvora se contagia en la prensa la noticia de que Uruguay recibirá un nuevo grupo de personas, ya refugiadas, para ser reasentadas aquí. No faltará la chispa que encienda la indignación colectiva. Dado que ya sabemos cuándo, quiénes y desde dónde; qué se les dará y qué precisan para ser seleccionados (solo aquellos que se adapten al criterio podrán venir); no nos resultará difícil juzgar los procesos de radicación en nuestro país y disparar análisis rápidos sobre sus fracasos o nuestros éxitos.

El refugio, en tanto herramienta de protección de derechos humanos, impone (no de forma arbitraria, sino porque lo precisa para funcionar efectivamente) la protección de la identidad y la intimidad de las personas que se acogen a él, la confidencialidad de su situación y de su trayectoria, así como de la asociación indiscriminada de su historia específica, a todas las situaciones de crisis presentes en su lugar de origen.

¿Significa esto que como sociedad debamos permanecer ajenos a lo que sucede con los refugiados y reasentados en nuestro país? SI y NO.

Cuándo llegan; quiénes son; a qué escuelas van sus hijos; si son diferentes a nosotros: qué ropas usan, qué comen; si se sienten felices o no, o si (como la mayoría de nosotros) atraviesan por ambos sentimientos de forma ambivalente; cuánto dinero les da el estado a cada uno; qué más les da o qué otra cosa les niega.... El conocimiento y la divulgación de esos datos no ayuda en nada a una efectiva protección de estas personas o grupos familiares, ni facilita el acceso pleno al goce de derechos, que debiera ser el objetivo de estas iniciativas. Es más, a la luz de experiencias previas, podríamos decir que los dificulta.

Cuáles son las prioridades y los criterios para el diseño de estas iniciativas, cuál es la planificación para que ellas evolucionen hacia recibir más o menos personas. Cuál es la viabilidad de esa previsión. Qué recursos económicos, técnicos y humanos son puestos a disposición para su funcionamiento y de qué forma se administran; qué éxito tuvieron. Cómo se evaluaron experiencias anteriores, cuántas personas finalmente se asentaron en nuestro país. Estas parecen ser las preguntas que una sociedad responsable se debiera hacer en torno a la forma en que a través de la solidaridad internacional, dejamos de ver únicamente nuestros problemas y tendemos lazos hacia el exterior.

En casi todo lo que refiere a información sobre refugiados en nuestro país, pasamos de la indiferencia a la indiscreción de un plumazo. Los insumos que recibimos desde la prensa alimentan esta ecuación. Buscamos, porque precisamos, el relato de lo que efectivamente sufrieron, para saber si merecen lo que se les da. Tomamos nota de su agradecimiento, para confirmar si valió la pena. Exigimos coherencia, agradecimiento, armonía, flexibilidad a las personas destinatarias de nuestra iniciativa, de todos y cada uno de ellos, para sentirnos satisfechos. Como si la reverencia o el descontento con el Uruguay (¿su sociedad? ¿su economía? ¿sus autoridades (o las autoridades responsables del reasentamiento)? fuera el peso y la medida de todas las cosas.

¿Qué me importa? ¿De qué me sirve saber sobre el enojo de éste, o la irreverencia de aquel, si no tengo un contexto sistemático, analítico, para pensar la validez, la efectividad del refugio como herramienta para garantizar derechos vulnerados? ¿si desconozco la forma en que el estado uruguayo viene pensando su aplicación y cómo la evalúa, cómo y porqué se lanzan las diversas iniciativas? Su enojo nos hiere, nos provoca, nos enoja; y nos pensamos con derecho a sentirnos así, pero no vamos más allá.

De Rusia, de Turquía, de Siria, de Angola, de Colombia, de México, de Nigeria, tuvieron que irse, porque un contexto, porque otras personas, los forzaron. Llegaron a Uruguay porque de alguna forma buscaron resolver esa situación. No es difícil imaginar que están enojados, ni que hablan otro idioma, que sus niños juegan otros juegos y le rezan a otros dioses. No precisamos que nos lo cuenten, no nos sirve, ni a nosotros, ni a ellos.