Que arda

Victoria Furtado / Foto: Télam
Un nuevo escándalo sacude a la Iglesia católica: en Pensilvania la justicia develó sistemáticos abusos sexuales y violaciones sostenidos desde hace décadas por cientos de curas con la complicidad de las jerarquías eclesiásticas. Las víctimas aclanzan el millar y fueron principalmente niños y niñas. Este caso se suma a las miles de denuncias por hechos similares que empiezan a hacerse sentir tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo y no hace más que confirmar que estamos ante una práctica sistemática de la Iglesia, no un hecho aislado. A la luz del espanto, esta nota reflexiona sobre el lugar de esta institución poderosa en nuestra sociedad, que intenta imponernos su moral al tiempo que sigue cometiendo los crímenes más atroces.

La semana pasada se conocieron los detalles de una investigación que la justicia de Pensilvania (Estados Unidos) lleva adelante contra más de 300 curas por abuso y violación de más de 1.000 niños y niñas de ese estado. La investigación incluye tanto a los abusadores como a quienes desde la jerarquía eclesiástica encubrieron los hechos.

Uno de los tantos medios que se hizo eco de la noticia fue El País de España, cuyo titular fue “Las violaciones de curas en Pensilvania: 1.356 páginas de espanto”. Y basta la sensación de identificarse con el espanto, real o manifiesto, de una gran compañía mediática para sopesar la magnitud del horror.

Los detalles macabros de los casos investigados dan cuenta de violaciones y abusos de distinta índole y en circunstancias diversas, incluyendo prácticas sistemáticas de sadomasoquismo con niños y la violación a una niña mientras estaba internada en un hospital. Pero lo más terrible, aunque quizás lo menos sorprendente, que esta indagación dejó al descubierto fue el sofisticado mecanismo de encubrimiento de los abusadores por parte de la Iglesia, complicidad que permitió no solo la impunidad de los violadores sino también la perpetuación de estos crímenes durante décadas.

El caso de Pensilvania se suma a las miles de denuncias contra miembros de la Iglesia católica alrededor del mundo por violaciones y abusos de niños y niñas. Pero además de la magnitud, este caso rompe los ojos porque evidencia de manera irrefutable que estamos ante una práctica sistemática de la Iglesia, no un hecho aislado. Entre otras cosas, la investigación identificó que el proceder de la institución ante denuncias de abuso sexual consta de siete principios: utilizar eufemismos para referirse a los abusos, asignar a personas sin experiencia la investigación de los hechos, recabar solo la versión del acusado/abusador, si se llega al punto de echar al abusador ocultar los motivos, trasladar a los denunciados a otras iglesias, mantener sus sueldos y viviendas aun en caso de ser echados y nunca avisar a la policía. Cabe decir que este mecanismo que hoy la policía y la justicia de Pensilvania pusieron al descubierto es muy similar al que en el año 2001 fue revelado por los periodistas del Boston Globe [1], en la ciudad de Boston.

De norte a sur

De este lado del mundo, la indignación hace eco en la empatía que no sabe de geografías pero también en nuestro propio rosario de avasallamientos. Porque aun viviendo en un país cuyo estado es secular hace exactamente un siglo, lo cierto es que la Iglesia sigue siendo una institución poderosa que se cuela en nuestras vidas y nos impone su moral. Quizás la máquina disciplinadora de la violencia se despliegue aquí más sutilmente, pero los efectos de su prédica conservadora y patriarcal siguen coartando nuestras posibilidades e intentos de vivir una vida más libre, más digna de ser vivida.

Para ejemplo basta un botón. Estos días se debate en el Parlamento la Ley Integral para Personas Trans, una iniciativa que allanará el camino siempre difícil de quienes con valentía pero también sufrimiento se atreven a desafiar la moral pacata del Uruguay, sobre todo la de los señores de arriba.  La reacción -por respuesta y por reaccionaria- no tardó en hacerse oír: los mismos que se indignaron por las manchas de pintura el 8 de marzo pero no se indignan del mismo modo por las mujeres muertas, los que ese día fueron a provocar con sus carteles (agrupados por otra iglesia, que es el mismo perro con diferente collar), los pastores del odio, los sincretistas de dios y la biología, los padres ejemplares que se preocupan por sus hijos aunque no temen que los viole un cura. Todos salieron a erigirse en defensores de una supuesta moral -que aunque se disfrace de universal no es otra que la suya particular- para oponerse al proyecto de ley; siempre bajo el presupuesto de que su opinión debe ser tenida en cuenta.

Del otro lado del río también sobran los ejemplos. La discusión por el aborto legal, seguro y gratuito en Argentina estuvo atravesada por la influencia de la Iglesia, de su moral y su concepción del mundo. Lamentablemente, el dogma terminó sobreponiéndose a la vida de las mujeres, nuestras hermanas de la otra orilla que siguen muriendo por abortos clandestinos [2]. La marea verde abrió el debate sobre la secularización del estado y sirvió de impulso para una campaña de apostasía colectiva. Pero al mismo tiempo las militantes por el aborto empiezan a ser perseguidas y criminalizadas con la complicidad de la Iglesia. Así lo demuestra, por ejemplo, un informe de Página 12 que denuncia que la semana pasada se allanaron en Tierra del Fuego las casas de algunas militantes de la organización Colectiva Feminista, en base a una denuncia por pintadas y grafitis en una iglesia y buscando elementos que hicieran “apología del aborto”.

Estos hechos y muchos otros vienen a mi cabeza cuando leo el titular de El País, cuando escucho las noticias que narran el espanto. Y sé que se trata de una conexión real de los hilos que mueven el mundo. Entonces me pregunto: ¿hasta cuándo como sociedad permitiremos que esto pase? ¿qué excusas aceptaremos esta vez? ¿cuántos más hechos aberrantes necesitaremos descubrir con horror para entender que no son casos aislados sino evidencias de una práctica institucional, porque el proceder y la prédica van de la mano? ¿por cuánto tiempo más nos haremos los tontos, miraremos para el costado, evitaremos las conexiones más obvias? ¿hasta cuándo seguiremos concediendo autoridad a estos señores de la violencia y la muerte?

Los que hoy apelan a la biología y la ciencia ayer persiguieron a Galileo hasta su muerte. Los que hoy dicen defender la vida ayer quemaron a nuestras abuelas por brujas. La Iglesia no es más que el símbolo decadente y vetusto de un mundo que ya no puede ser vivido, por eso se opone a quienes  queremos transformarlo. Y si es cierto aquello de que la única iglesia que ilumina es la que arde, pues que arda, porque solo de sus cenizas nacerán esos otros mundos con los que soñamos.


[1] Además de hacerlos merecedores de un premio Pulitzer (2003), la investigación de estos periodistas inspiró el guión de la película Spotlight, un excelente film de 2015 dirigido por Thomas McCarthy.

[2] A solo diez días de que el Senado argentino perpetuara la clandestinidad del aborto ya son dos las mujeres muertas por tener que interrumpir sus embarazos por fuera del sistema de salud.