Si te sonreís

María Noel Sosa
Nunca nos vimos, no nos conocemos, y aunque no sea imposible, tal vez nunca lo hagamos. Pero hace un mes reímos juntas. Reina Maraz está libre, vi sus fotos, su expresión de alegría y de alivio, y me descubrí en el espejo sintiendo una alegría ajenamente propia.

Todo está vivo a pesar del dolor, si me sonreís
Amapola del 66- Divididos

 

En los últimos años las malas noticias gotean día a día, a veces con truenos mediáticos, otras sólo desde una charla de esquina. Tantas cosas nos pasan a las mujeres, le pasan a otras mujeres, me pasan a mí. Y sin acostumbrarnos, parte de ese contexto nos va curtiendo. Pero una vez, al menos una vez, una de las crónicas de una indignidad impuesta dio un giro, da chance, mínima, pero da chance. Reina está en libertad, la recibieron, la recibimos. Todavía no logro imaginar todo lo que habrá sentido, vivido en estos meses, cómo fueron esos minutos en que la puerta finalmente estaba ahí para cruzarla.

Reina ya había estado presa en su propia casa, en Bolivia, luego en Argentina, en un especial cautiverio, que excede el previsto para muchas otras. Al cautiverio de las relaciones de pareja desiguales y violentas, al de la tarea impuesta de servicio doméstico torpemente disfrazado de amor, lo cambiaron por el de presa institucional. Pero algo es distinto, porque esta vez parte de ese cautiverio se rompió; ella estaba ahí, con su condena a cuestas, pero no estaba sola, y lo sabía. Esa foto en que otras la mecen, plena de complicidad entre mujeres, con un juego que ayuda a volar, es la imagen que ella y otras han sido capaces de crear, una imagen de lucha como pocas. Visceral, uterina, de pecho abierto, de sonrisa clara, de codo a codo, donde parece que al menos por el instante en que la obturación registró la luz eran felices, y esa felicidad se me hace una resistencia hermosa, trascendental después de tanto dolor.

Nos debemos contarnos los dolores, pero más nos debemos cantar juntas las alegrías. Por eso, a un mes de la liberación de Reina, vale la pena recordarnos ese logro colectivo y esa posibilidad propia. Nos debemos también hacer de los fragmentos un poco de historia.

Hace poco más de dos años, el 28 de octubre de 2014, la justicia racista, clasista, colonial y heteropatriarcal -la que conocemos, la que nos suele tocar como mujeres que somos-  condenó con prisión a Reina Maraz. Desde ese día y por varios meses Reina estuvo presa sin saber la razón, porque como quechua hablante no entendía la lengua que otrora la condenó simbólicamente y ahora penalmente. 

La cruel historia arranca antes, en su ser violentada por parte de su marido. La violencia siguió después, cuando a poco de haber parido a su hija en la cárcel la obligaron a limpiar los pisos del pabellón. Lo que comienza ahí es su saberse acompañada, su empezar a sentir que otras mujeres están y estarán con ella, como las que se organizaron para visitarla y para que nada le falte; las que cuidaron de su salud, las que la ayudaron a sacar su voz, las que la recibieron a su salida. Es que a partir del conocimiento de su caso varios colectivos de mujeres y también otras organizaciones sociales se pusieron al hombro la tarea de cuidarla y acompañarla, como contrapartida ante tanto abandono institucional, como contracara de solidaridad frente a tanta indiferencia. Las distintas acciones públicas, las sucesivas intervenciones fueron colaborando con la visibilidad del caso y con la presión para su salida.

Luego de varios meses, Reina Maraz no sólo pudo entender por qué estaba condenada, sino que pudo relatar su versión de la historia, contar en palabras propias, gritar su verdad. De la reconstrucción desde su hablar ahora sabemos que su historia es la de muchas. A los 14 años conoce en Bolivia a su futuro marido, al que casi no ve por dos años, pero con quien se casa a los 16 y con quien poco tiempo después ya tiene un hijo. Su segundo hijo nace enfermo, fruto de los golpes recibidos por quien debiera respetarla y cuidarla, por el mismo que dos años después la lleva sin su consentimiento a Buenos Aires. Aunque Reina no quería, bajo la amenaza de perder a sus hijos migra junto a su marido. Ya en Argentina, más sola que antes, se enfrenta a que familiares de su esposo le quiten sus documentos, lo que agrega más cautiverio al que ya arrastraba. En esa condición, es puesta como medio de pago de deudas de su marido sufriendo una nueva versión de violencia sexual.

El 16 de noviembre de 2010, luego de varios días de ausencia de su marido, Reina se presentó ante la policía para realizar la denuncia y luego, bajo una aparente denuncia, allanan su casa y encuentran el cuerpo de su marido muerto, y ella es, por tanto, acusada de homicidio. En el indagatorio, sin entender y dado su gesto de asentir con la cabeza frente a las preguntas, Reina, embarazada de 7 meses, fue detenida y encarcelada. Pasaron meses antes de que pudiera decir, antes de que pudiera contar tanto sufrimiento.

Cuando llegó ese día Reina era otra. Para decir lo que tenía que decir no solo fue preciso que hubiera traducción del español al quechua, sino que el apoyo de las otras mujeres fue decisivo. Sus palabras antes de sus declaraciones así lo expresaron: “hoy voy a hablar porque sé que no estoy sola”. Una mujer la acompañó en su alfabetización y fue su traductora, muchas otras mujeres la esperaban en la puerta de tribunales, le entregaron flores, le dieron ánimo. Al salir le cantaron. Dicen quienes la acompañaron cotidianamente que al salir su cara triste mutó a un rostro iluminado y fuerte, seguro. Con Reina, y con ella  la posibilidad de otras mujeres de avanzar en seguridad y confianza propia, en fortaleza singular y colectiva, en lucha que florece y habilita, todo sigue vivo. A pesar del dolor, si nos sonreímos, seguiremos vivas.