Siendo parte del entramado

Gimena Bionda (Colectivo feminista Paysandú) / Foto: Romina Verrúa
El pasado 29 de octubre, se llevo a cabo en Montevideo el cierre de la “Caravana Feminista. Mujeres por la vida digna y contra la violencia”, proyecto colectivo que reunió a mujeres de distintos puntos del país, organizadas o con ganas de organizarse, que crecen como semillas.

Mi cabeza vuela en frases, mi pecho siente que se funde por no tener capacidad de contener la infinidad de emociones; el amor es tan inmenso, que pareciera explotar. “El violeta hace trasmutar” escuché una vez a un místico, nunca pensé que fuera tanto.

Mi cuerpo pareció disiparse y dejarse llevar entre la energía que fluía en el lugar. Todas mujeres, todas con ansias de libertad, con las mismas sensaciones de impotencia, rabia e indignación. Los mismos sentimientos, historias similares, dolores comunes que se conjugaban en fuerzas para la lucha.

“Crecemos como semillas” cantamos. Sí, somos semillas que abundan, semillas de lucha que se dan a la luz, muchas de ellas habían estado silenciadas por la opresión y estaban surgiendo tímidamente. Otras, en procesos de comprensión de los por qué de las atrocidades que nos ocurren, escuchando, observando, preguntando. Otras tantas semillas avanzadas en su germinación; no hay transgénico que las modifique, queriendo alertar a las demás evitando el sometimiento. Múltiples especies, de diversas raíces. Algunas con generaciones de experiencias libertarias, otras más genuinas, con pureza revolucionaria. Todas nos acompasábamos, uniéndonos por querer crecer, multiplicar, engendrar más y más. No había propiedad, la palabra de una era de todas, nos apropiamos de nuestra historia de brujas, nos regamos con lágrimas para poder florecer, parimos del dolor, crecemos con la sangre envenenada del patriarcado e inyecciones del machismo de cada día. ¿Cómo no sentirnos sometidas? ¿Cómo no sufrir? ¿Cómo no sentir miedo? ¿Cómo no callarnos? ¿Cómo no obedecer al sistema? ¿Cómo no llorar? Entonces, ¿Cómo no revelarnos?

Cuando partimos de nuestros “sentires” y logramos exteriorizarlos, verbalizarlos con las demás en espacios de autoconciencia colectiva, es que podemos racionalizar, entender determinadas prácticas, sentimientos, siendo capaces de lograr una dialéctica que permite la trasformación, comprender y empatizar; la sororidad hasta en los huesos con nuestras madres, nuestras abuelas, nuestras hermanas, con nuestras compañeras.

Esta transformación es un conflicto permanente. Por eso la autoconciencia colectiva es importante: visualizar nuestras contradicciones, escuchar a otras que están preocupadas por lo mismo nos hace hermosamente imperfectas, porque nos estamos queriendo ocupar y nos estamos organizando para combatir. Está cobrando vida -como de un entramado de hechizos- la frase “¡Tiemblen que las brujas hemos vuelto!”
 

Ver Defender la alegría, organizar la rabia