Soy Charrúa. Mi familia es Charrúa.

Stéphanie Vaudry
Entender la reemergencia charrúa en Uruguay a partir de otra mirada antropológica e historias orales femeninas.

Aunque aprecio que se esté renovando el trato de la historia y de la presencia indígena en la prensa uruguaya, siento el deber de presentar algunos elementos de análisis resultantes de mi investigación doctoral para plantear preguntas y contribuir así a acabar con derivas eurocéntricas, por no decir euro-coloniales recurrentes. Desde el año 2014 trabajo como antropóloga con familias y grupos indígenas, así como en los archivos nacionales del país, para entender la historia de los Charrúa. La historia de este pueblo ha sido mantenida en la sombra desde los violentos acontecimientos acaecidos en Salsipuedes en el año 1831. Estos acontecimientos, a menudo cualificado como genocidio, han sido expuestos de una forma más abierta a partir de los años 1980 por gente que afirma su ascendencia charrúa.

Fue después de leer el artículo de Facundo Macchi y Mariana Castiñeiras en El Observador, que decidí aportar otra visión a estos debates. Nos encontramos aquí con una reflexión de la arqueóloga Carmen Curbelo sobre la responsabilidad del Estado frente a la reentrada reciente de los Mbya-Guaranis en Uruguay: “Nosotros no podemos sacarles sus orígenes, porque si les ofrecemos, como humanos que somos, baño o ropa, ellos simplemente aceptan por amabilidad. Pero la raíz de ellos está en el campo, uno tiene que tener un cierto respeto.” Ante estas afirmaciones yo me pregunto: ¿por qué no preguntarles simplemente cuáles son sus necesidades y cómo quieren tratar con el Estado y con la sociedad uruguaya? ¿Por qué verlos, como en este artículo, como seres vulnerables que deben ser preservados en vez de verlos como un colectivo de personas responsables, orgullosas, fuertes y sensibles? ¿Por qué no abrir un diálogo de nación a nación? ¿Por qué concebirlos como extranjeros cuando su anterioridad en el territorio uruguayo es reconocida por los historiadores y también en las historias orales? Y aún con más audacia, me pregunto: ¿por qué a unos se les reconoce como Indígenas y a los Charrúas no? ¿Es porque parecen más “auténticos” o “puros”? ¿Porque no reclaman nada? ¿Es porque no son (aún) una amenaza para la soberanía del Estado? ¿Porque no parecen (aún) sacudir el imaginario nacional? ¿Acaso es porque su continuidad como grupo siempre fue reconocida por el grupo dominante?

Superando los argumentos biologicistas, la antropóloga bióloga Mónica Sans concibe en el mismo artículo como legítima o auténtica una identidad indígena “si nos referimos a la existencia de grupos etnográficos que vivan apartados del resto de las comunidades.” Esa apreciación de la indigeneidad, muy compartida entre los uruguayos, no se aproxima a mi enfoque teórico ni a mis experiencias etnográficas con otros pueblos indígenas. Entiendo que el ADN puede ser pertinente para rastrear una ascendencia, o que la reclusión social ilustra una realidad indígena común, pero hay otras configuraciones coloniales y en el conjunto de mis trabajos esas dimensiones se revelan más bien como accesorias. Las relaciones familiares y el sentimiento de pertenencia son determinantes para entender las identidades sociales indígenas.

En antropología se habla cada vez más de “relacionalidad” o de la “ontología relacional” para referirnos al hecho de vivir, pensar y actuar en la vida cotidiana según nuestras relaciones propias, lo cual nos lleva al hecho de concebir a las personas como partes integrantes de un sistema de interconexiones. Por ejemplo, cuando preguntaba a los jóvenes Inuit, “¿qué significa para ti ser Inuk?”, ellos me contestaban: “es entender que hago parte de un todo, que estoy emocionalmente involucrado y que soy responsable en mis relaciones. Es el hecho de sentir que pertenezco a mi familia, a mi comunidad, a mi pueblo.” Las mujeres charrúas a las que tuve la oportunidad de conocer se manifestaban en los mismos términos porque se sentían más Charrúas que uruguayas. La rama de la familia con la que generalmente se identifican y comprometen es la Charrúa, ya que es materna y a menudo la única conocida.

“Neo”, no. Familias charrúa “en reemergencia”, sí.

La historia colectiva de los dichos “neo” Charrúa no ha sido soñada. Es más adecuado entenderlos como familias y comunidades “en reemergencia”, que salen de la clandestinidad y se afirman a la vista de todos, que como “inventados”. Ninguna de las historias compartidas conmigo me incitan a pensar que la identidad “ha muerto”. Si esta identidad estuviera ya muerta, no habría ni memorias, ni semillas, ni indicios que me dieran acceso a las historias y la identidad étnica de estas personas.

Perla Moreno habla abiertamente y con orgullo tanto de su tatarabuela charrúa como de su descendencia femenina. La gente de Vergara sabe quién es. Su ascendencia es reconocida. Según la historia oral de la familia, Lucía Castillo era bebé cuando fue “salvada” por Pérez de Castillo, por entonces oficial de las fuerzas armadas en combate cuando la encontró llorando en los brazos de un soldado. La familia de Lucía había fallecido o escapado. Estábamos en Salsipuedes. Así le contaron a Lucía esa historia cuando ya era grande y es la historia que fue transmitida por tradición oral de una generación a otra hasta Perla. Cuando me reuní con ella para entrevistarla junto con Martin Delgado, uno de los líderes del movimiento charrúa, ella le agarraba firmemente con su mano, sin soltarle: era uno de los suyos. Cuando su hijo vino a nuestro encuentro, se emocionó. Agradecía nuestro trabajo. Estaban felices. Martin era su primera reconexión física con su pueblo. Tanto Perla como su hijo son Charrúa, aunque también se identifican con otras identidades como la italiana o la uruguaya. Sin embargo, la identidad charrúa predomina porque, según ellos, atestigua una voluntad intergeneracional de ser transmitida que se caracteriza por una determinación a reconectarse con otras familias charrúa y también por el deseo de obtener una reparación histórica.

La familia de Berta Villarubia afirma ahora públicamente su identidad charrúa. Es su hija Gladys quién rompió con orgullo el silencio cuando el maestro Gonzalo Abella visitó su liceo: “Soy Charrúa. Mi familia es Charrúa.” Antes, de madre a hija, la consigna transmitida era: “Tú eres Charrúa de puertas para adentro. […] Nunca olvides quién eres, de dónde vienes.” Aunque los ancestros de Berta han visto a su familia desmembrada (socialmente) al antojo de sus patrones y patronas, estos lograron vivir y transmitir su identidad indígena. La madre y la bisabuela de Berta pertenecían a una comunidad de mujeres que se ayudaba mutuamente y en la cual los hijos una eran hijos de todas. Eran mujeres que, por ejemplo, cazaban y recolectaban juntas (a veces mientras sus parejas trabajan en las estancias), formaban una red clandestina de parteras, sanaban con plantas y regían sus actividades al ritmo del calendario lunar. Ella y su pareja se criaron así y transmiten esas enseñanzas a su descendencia.

Afirmarse directamente como “charrúa” pasa también por un descentramiento, por salir del contexto nacional uruguayo. Mónica Michelena me contó que en un encuentro de Pueblos Indígenas en Buenos Aires en el año 2003, vivió una especia de lucha interna. Ella quería afirmarse como Charrúa. Hasta ese momento se autodefinía como “descendiente de Charrúas”, y aunque reconocía la similitud de su historia y su manera de estar en el mundo con otras tantas personas presentes, había algo que le impedía afirmar su identidad charrúa. Desde siempre, le había sido prohibido expresar esta identidad en público por el contexto nacional donde se crió, en el que esa identidad es relegada al pasado, despreciada y escondida. Mónica asumió el reto:– “Soy Charrúa” –, dijo, y luego rompió a llorar. Para la mayoría de estas personas, afirmarse Charrúa hoy, en Uruguay, es como quemarse las entrañas. Es aceptar el hecho de ser llamados “locos” o “ilegítimos”. Significa también aceptar la estigmatización. Aunque estas personas reconocen que es necesario honrar a sus ancestros, los testimonios recabados señalan también que se necesita tener mucho coraje para desafiar lo que todavía no está aceptado socialmente.

¿Quién es y quién no es Charrúa? Las palabras de Guidaí Vargas, coautora de la performance Latidos de Inambi, reflejan bien las conversaciones que tuve en el territorio: “Es la historia particular de nuestras familias con ese territorio y el hecho de que tuvimos que escondernos para sobrevivir y seguir existiendo que nos diferencia, los Charrúas, de los uruguayos.” Esta posición cobra cada vez más fuerza entre los que se afirman públicamente como Charrúa y que descienden de familias que han vivido y transmitido oralmente sus historias, ya sea de manera abierta o encubierta variando según el grado de violencias vividas y los dolores heredados. El reencuentro de las familias charrúa y la recolección de sus historias orales son en este sentido contundentes y necesarias para entender su historia colectiva.

La afirmación contemporánea de una identidad indígena (a diferencia de “descendiente indígena”, que es indirecta) hasta ahora no reconocida socialmente ni legalmente, está también a la orden del día en otras colonias de población europeas. En el este de Canadá, donde nací, los Métis y los Béothuk reemergen como los Charrúa o los Diaguita y los Tehuelche (Argentina y Chile) o los San en Sudáfrica. Salvo excepciones, muchos investigadores los desprecian y hurgan en la herida sin tener la menor idea de su historia oral. ¿Por qué? De manera general, se piensa que estos pueblos fueron “exterminados”, “conquistados”, “privados de su cultura”, y que por lo tanto, se habían “extinguido”. La historia colonial se esfuerza en negar su existencia y en reconocer el repliegue soterrado de su identidad étnica. Uruguay no es una excepción, esta vez no. Descentrándose, el Estado tiene dónde inspirarse para entender su situación nacional con respeto a las cuestiones indígenas. Invertir en una comisión nacional para recabar y reunir las historias orales familiares indígenas podría acabar con el negacionismo e iniciar un proceso de reconciliación y sanación con los descendientes de los primeros habitantes de este territorio.

Stéphanie Vaudry hace un doctorado en antropología en la Universidad Laval (Quebec, Canadá) – stephanie.vaudry-gauthier.1@ulaval.ca. Fotografías de su trabajo etnográfico en Uruguay están disponibles en Flickr: https://www.flickr.com/photos/syrduav/albums/72157683862676793. Sus publicaciones científicas están disponibles en Academia: https://ulaval.academia.edu/StéphanieVaudry