Territorios en resistencia

Texto: Siboney Moreira / Foto: MPLD*
Casavalle es hoy protagonista de reflexiones diversas, portada de muchos medios que brindan lecturas diferentes sobre lo que está pasando en ese territorio, donde conviven la precarización y diversas tramas sociales de solidaridad y resistencia de las que se habla muy poco, o nada.

Casavalle es hoy protagonista de reflexiones diversas, portada de muchos medios que brindan lecturas diferentes sobre lo que está pasando en ese territorio. Ver todo lo que se mueve entorno a este barrio me conecta con mi propia experiencia, con mis recorridos, y se me presenta como una fuerza casi avasalladora. Yo vengo de un barrio similar, de Casabó, un barrio popular del oeste de Montevideo con una rica historia de construcción de comunidad, de tramas y lazos sociales vinculados a la lucha obrera de los frigoríficos. Un barrio que, al igual que Casavalle, es cierto que presenta niveles importantes de precarización, con necesidades estructurales que afectan las condiciones de vida de quienes allí habitan. Pero también es cierto que en esos territorios -que se asemejan mucho a un Marconi, a asentamientos como Isla de Gaspar, o incluso a las villas de Buenos Aires (lugares que supe conocer de cerca)- se tejen otras tramas sociales de solidaridad y resistencia de las que se habla muy poco, o nada. Territorios que, por otra parte, son rehenes de condiciones y (des)intereses que les exceden y sobre lo que también merece la pena hablar.

La ciudad, en tanto espacio urbano, se ha convertido en una mercancía al servicio de los intereses de acumulación del capital. Organiza de forma discriminativa y segregativa el espacio, relegando de lo urbano a grupos, individuos y clases. Esa realidad hace que aquellos lugares, principalmente de las periferias, como son los asentamiento o (mal) denominados zonas rojas, se conviertan en los territorios posibles para el desarrollo de la vida de aquellos “excluidos” del sistema. Es desde la necesidad de transformar esas condiciones de vida de las que -muchas veces- son/somos rehenes; en  condiciones de explotación y dominación se configuran y despliegan múltiples y variadas formas de resistencia y superviviencia a nivel territorial.

En el marco de estas ciudades fragmentadas, ciudades del capital, es posible identificar de las más diversas experiencias de resistencia que colocan en su centro la esfera de la reproducción de la vida, y no la acumulación del capital. Prácticas concretas que se construyen y sostienen desde lógicas otras y configuran formas nuevas de habitar el territorio, de ser-y-estar en esos espacios segregados. Estas experiencias, que nos encuentran a las mujeres (de las más diversas edades y procedencias) como sus principales protagonistas porque somos las que con nuestro hacer sostenemos el barrio, configuran nuevas subjetividades y racionalidades. Hablamos de las estrategias de cuidado compartido y colectivo de niñas y niños; de redes de intercambio (de alimentos, ropas, muebles); del acompañamiento y sostén afectivo; de la olla de comida común. Estas prácticas son las que hacen posible la vida dentro de estos territorios en los que las coordenadas de espacio-tiempo adquieren lógicas propias. El tiempo circula muchas veces al ritmo de la necesidad, la variedad de olores se fusiona con las diversas melodías que musicalizan el espacio. Niños y niñas corren a la pelota o juegan a las escondidas, o simplemente se juntan en una esquina a conversar. Comercios diversos acompañan el compactado paisaje que presenta una armonía propia. En territorios como son los múltiples Casabó, Casavalle, Marconi, o las villas miseria parece no faltar nada, y en ese momento es cuando lo estructural se impone con fuerza avasalladora: las calles de barro, la falta de saneamiento, la escasez de agua en verano, casas tan frágiles como un castillo de naipes. Hay caminos tan angostos que hasta impiden el ingreso de algunos vehículos, como camiones de bomberos o ambulancias. Pero también hay mucha dignidad, hay fuerza colectiva, hay resistencia.

¿Cómo se explica ese desigual devenir que se genera dentro de una misma ciudad? Sin dudas no vamos a encontrar respuestas únicas, pero intentaremos al menos ensayar algunas.

Nuestra época ha adquirido como uno de sus signos distintivos el despojo capitalista en muchas de las esferas de nuestra vida: por ejemplo en relación a nuestros cuerpos y la posibilidad de decidir libremente sobre ellos; o los vinculados a la naturaleza a través de la extranjerización y mercantilización de la tierra y los bienes comunes. Pero también la ciudad se torna en este contexto como esfera de despojo. Cada sociedad produce su espacio, y en la sociedad capitalista creo profundamente que la ciudad es su protagonista. Ésta, en tanto espacio urbano que se neoliberaliza, se convertirte en una mercancía más al servicio de los intereses de acumulación del capital.

La ciudad contemporánea, y su expansión globalizada en el marco de los límites que impone el mercado mundial organiza de forma discriminativa y segregativa el espacio, relegando de lo urbano a grupos, individuos y clases, lo que significa de alguna forma excluirlos de la sociedad. De esta forma, nuestras ciudades, ciudades del capital, tienen como cometido intrínseco inhabilitar todo tipo de interacción social que no sea de carácter mercantil. Y en esos territorios relegados mujeres y hombres despliegan diversas estratagemas, más o menos conscientes, para inhibir su arremetida e impugnar al orden dominante. La mayoría de las veces esas estrategias quedan invisibilizadas y hasta son negadas o acalladas, otras adquieren alcance más masivo, principalmente cuando son acompañadas de procesos de sublevación, e incluso allí suelen ser tergiversadas, ninguneadas e incluso reprimidas.

El espacio urbano podemos entenderlo entonces como un producto social; como resultado de prácticas, acciones, relaciones y experiencias sociales. El espacio se vuelve así producto y al mismo tiempo productor de esas prácticas y experiencias. Se trata de una relación dialéctica donde el espacio se vuelve al mismo tiempo base y escenario de acción, porque no hay relaciones sociales sin espacio así como no hay espacios sin relaciones sociales. De esta forma el espacio interviene en su propia producción, es decir en la forma en que se organiza la propiedad, el trabajo, las redes de cambio, etc., al tiempo que se vuelve materia de consumo. El espacio materializa la existencia humana. Esto sin dudas configura un espacio que genera desigualdades y contradicciones, beneficiarios y excluidos. Y quienes habitan o hemos habitando en esos territorios, somos conscientes y sentimos profundamente en nuestros cuerpos esa exclusión. Nos enfrentamos a la coexistencia y combinación contradictoria de la homogenización y segregación del espacio, su totalización y atomización. La reestructuración urbana de la ciudad tiene siempre un componente de clase, generando desplazamientos y desposesión, donde los más afectados son los pobres, los relegados y marginados.

En este sentido el tan renombrado y, muchas veces profanado derecho a la ciudad, trabajado por grandes autores como Lefebvre, se plantea como una forma de restaurar el lugar protagónico que le compete a hombres y mujeres en la posibilidad de intervenir en la forma en que se hacen y rehacen las ciudades. Se trata de devolverle a la ciudad su potencia para la construcción de la vida colectiva. De esta forma podemos reconocer a lo largo de América Latina una vasta diversidad de experiencias de resistencia y de conflicto por la disputa territorial, que son en definitiva una disputa por construir nuevas formas de vida en el marco de procesos de politización de los territorios.

La reivindicación del derecho a la ciudad se vuelve así para muchxs en una bandera, entendiendo por ello el derecho a transformarla, a vivirla y a apropiársela de acuerdo a los deseos y necesidades de quienes la habitan. Este deseo, que es al mismo tiempo necesidad inminente, es lo que nos mueve a los de abajo, a los relegados del capital a luchar contra su embestida. Es la acción colectiva lo que hace de la utopía de transformar radicalmente la ciudad, y a través de ella la sociedad, un hecho posible de ser materializado. Es lo que hace de la ciudad del capital un lugar de resistencia.

En momentos donde la mirada pública se vuelve hacia esos territorios, alimentada por la mirada bestialmente estigmatizadora que se promueve repetidamente cual disco rayado desde los grandes medios y hasta desde el propio Estado, vale la pena parar y mirar de cerca. Mirar de verdad la vida que circula en esos espacios relegados, pero mirla sin prejuicios porque es ahí cuando se nos pierde de vista lo potente; las prácticas de resistencia, de solidaridad despojada de intereses, y de esas necesidades que no son ni por cerca elegidas sino creadas por quienes mueven los hilos que pretenden marcarnos, a todxs, el ritmo de nuestras vidas. Hasta que no logremos cambiar esta realidad seguirá habiendo Casavalle, Casabó o Marconi.

 

* Movimiento Popular La Dignidad. La foto es de la Villa 31, Buenos Aires, Argentina

Referencias

Harvey, D. (2013). Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana. Buenos Aires, Argentina. Akal.
Gutiérrez, R. & Salazar, H. (2015b). Reproducción comunitaria de la vida. Pensando la transformación social en el presente. En: Linsalata, L.; Salazar, H. (comp.). El Apantle - Revista de Estudios Comunitarios N°1 (octubre). Común ¿para qué?. Puebla, México: Sociedad Comunitaria de Estudios Estratégicos.
Lefebvre, H. (1969). El derecho a la ciudad. Barcelona, España: Península.
Moreira, S. (2016). Ciudad y territorios en disputa: procesos de subjetivación política en los movimientos sociales. Sin publicar – Montevideo, Uruguay: UdelaR.