Todas las luchas de todos los días

Nota: Rossana Blanco / Foto: Rose Pereira
El 8 de marzo se anunció con la tormenta, el viento y la lluvia que vinieron a refrescar la temperatura caliente y húmeda del Día de la Visibilidad Lésbica. Un trueno cayó cerca y nos hizo saltar a las que estábamos ahí reunidas, pura adrenalina, esperando el 8.

Desde el 2015 febrero tiene, para todas las que militamos el feminismo, un sabor a rosca que nos encuentra discrepantes y discutidoras sobre como plasmar las preocupaciones, las apuestas, las definiciones en comunicados, proclamas, documentos, fotos, intervenciones. Febrero tiene calor de 8 de marzo que se viene, que se desea y que hasta el mismo día que sucede mantiene a las pibas jóvenes y a las pibas viejas en una alerta expectante. Porque cada 8 es único, y es una maravilla que lo hagamos suceder.

Como fuentes que brotan y riachuelos que cantan las pibas se miran entre ellas con gesto cómplice: si hablas, te acompaño, si denuncias no estas sola. Dale, que con vos me animo. Aquella anda precisando una mano. Yo la pasó a buscar. Manda un toque cuando llegues. Yo esto nunca se lo pude contar a nadie. A mí también me pasó. Yo te creo. Esta vez no me quedo en el molde.

Las pibas saben que hay leyes, protocolos y guías. Las pibas jóvenes crecieron con eso y las viejas vivieron antes de eso. Saben que todo eso casi nunca alcanza y, además que no les alcanza, quieren y se plantan en los deseos que les nacen. No tienen ganas de disponerse a escuchar que son jóvenes y no saben, que mejor que escuchen y se callen, que quiénes se piensan que son para hablar como hablan, para escribir lo que escriben, para marchar como marchan. Que quiénes se creen para decidir juntarse entre ellas sin dar explicaciones ni pedir permiso. Las pibas se juntan en la educación, en la murga, en la prensa, en los gremios. Y van a las directivas, a los federales, a todos esos lugares donde nombrarse con “a” y reivindicar el nosotras no está en el estatuto. Las pibas saben que el sindicato da cobertura parcial y que ser modositas nunca salva de nada.

El 8 estaba fresco, con unas nubes volátiles y la marcha arrancó puntual como a contrapelo de la costumbre de hacer tiempo. Y arrancó con la fuerza arremetida, la confianza de sabernos, con las voces en alto, con los cuerpos en risa. Con el saludo balconero de las viejas divinas enlazadas en violeta y la marcha saludando, felices de volvernos a encontrar en la tarde fresca del 8. Sabedoras de la sanación que produce el reconocimiento de nuestros linajes, porque nos hace sentir que somos hijas, que somos nietas.

¡Qué foto la de la iglesia y sus vallas y sus fuerzas de choque! Sellado en foto el matrimonio latinoamericano y viejo entre lo represivo y lo eclesiástico. La marcha se detuvo y con qué ganas y cuánta razón se cantó y se gritó a la iglesia apostólica romana que se quiere meter en nuestra cama que se nos da la gana de ser putas, travestis y lesbianas, y que sabemos, sí sabemos, que a los violadores los cuida la policía. Finalmente las santas paredes custodiadas no se salvaron del tintazo anónimo. Tampoco nos salvamos las mujeres cuando hacemos las denuncias a la policía por violencia machista; pero en esos casos la cuestión no se arregla con hidrolavadora.

Los abrazos caracoles. La proclama leída por todas y cada una, sin estrado y sin micrófono. La voz de la otra que está al lado, atrás, adelante, me lee los párrafos. Las palabras se repiten como ecos, polifonía de voces. No queremos estas feministas que somos escuchar la palabra revelada, que de esa política ya tenemos de sobra. Queremos escucharnos y decirnos, desde nuestras voces desparejas, desde las experiencias que vivimos, desde las precariedades que no se entienden en las gráficas, desde las peripecias que resolvemos, desde los ninguneos cotidianos. Desde todas las luchas de todos los días para sostener la vida y sostener la risa.










 

Etiquetas: