Todas tus nietas

Maria Noel Sosa Gonzalez
Ayer 27 de diciembre hubo alerta feminista por dos casos de feminicidio, al que se sumó uno más mientras la movilización sucedía. No es el primer año que nos sorprende la contracara violenta de la navidad. Salimos a la calle una vez más, bajo lluvia, para gritar y decir basta. Esta vez junto a muchas mujeres de la familia y entorno de una de las mujeres asesinadas, para hacer del duelo un nuevo ritual de lucha.

Los rituales son importantes en la cultura, son parte de lo que nos hace personas y habla mucho de nuestra humanidad. Un velorio, un entierro son parte de los rituales que elegimos para hacer duelos, para nombrar y ubicar en algún lugar la muerte. La cena de nochebuena, la navidad -en su versión religiosa o pagana- de algún modo es parte de nuestros rituales para simbolizar los lazos parentales, y los cumpleaños son nuestro modo de ritualizar el crecimiento y de celebrar la vida.

Ayer hubiera sido el cumpleaños número 26 de Carolina Vivero. No pudimos celebrar su vida, pero pudimos dignificar su muerte. En la alerta feminista por ella -y por Loreley Carmona- se condensaron duelos, un cumpleaños y la basura bajo la alfombra de la navidad en modo familia patriarcal, que es donde más nos matan. Y esa condensación fue desplazada porque decenas salimos a la calle una vez más y porque muchas mujeres que conocían a Carolina estaban ahí. Ellas eligieron hacer que parte de su ritual de duelo se acompasara con nuestro ritual de lucha.

Es que también el feminismo tiene mucho de rituales. Los tiene porque con ellos vamos creando un mundo nuevo que además de materializarse necesita simbolizarse. Las alertas feministas, componen parte de los rituales en los que nos miramos como mujeres en lucha, en los que elegimos hacer un duelo de modo distinto, en los que cuestionamos al patriarcado (y sus instituciones) y desafiamos la impunidad al tiempo que retejemos otros lazos que sostienen nuestra cotidianidad.

Su abuela estaba ahí, sus compañeras de trabajo, del barrio, de la vida estaban ahí. Para la mayoría de ellas era la primera vez que iban a una alerta feminista, aunque algunas ya sabían de su existencia. Muchas otras que estábamos ayer hemos vivido de cerca esas instancias, organizándolas, participando y estamos convencidas que es una herramienta necesaria y fértil. En este encuentro de ayer casi ni hablamos, no conversamos de feminismo en ningún momento, no sé qué pensaban antes ni qué piensan ahora quienes fueron por Carolina en particular, pero tengo la certeza de que todas sentimos la diferencia entre un duelo revictimizador y un duelo con lágrimas de dignidad.

Su abuela nos dice que nunca había venido, que no sabía que esto existía, pero con sus ojos empapados nos mira y nos dice que es importante lo que hacemos. Y yo le creo, aunque sé que no podemos devolverle a su nieta. ¿Será que su dolor se abre, circula, se aliviana entre nosotras? No lo sé, pero sé que fuimos capaces de acompañarnos y que aunque distintos en escala e intensidad compartimos el dolor y la indignación. Y que aunque sea la primera- y tal vez la única- vez que ella está en una alerta feminista, podemos decir juntas que no es su falta, es nuestra imposibilidad social y a la vez nuestra esperanza colectiva.

Los rituales tienen sus pasos, sus lógicas. Esa es su gracia. En su reiteración se van cristalizando pero también en las alertas pasan cosas que desbordan ese esquema inicial. Al igual que en la alerta de Luna Chiodi realizada en su barrio, fuimos capaces de estar juntas en nuestras diferencias, de poner en común nuestro histórico acumulado en saber cuidar. No fue un acompañarnos abstracto, fue intensamente corporal. Fue llanto, ritmo lento de la caminata, fue mi garganta que a ratos perdía fuerza y de a ratos fue firme. Fue miradas, fue abrazo, fue preguntar qué y cómo.

La abuela nos dice que nos agradece y yo siento que soy yo quien quiero agradecerle. Agradecer porque eligió venir desde Malvín Norte en medio de la lluvia para darnos la posibilidad de despedir a su nieta juntas y de gritar juntas para que su muerte no sea indiferente. Agradecerle por confiar que aunque no sentimos su misma tristeza, la comprendemos. Agradecer porque en el medio del desgarro eligió la lucha y elige la vida y nos hace a todas ser más fuertes con ella y en ella.

Nosotras sabemos que hasta que no estuvimos semana tras semana en la calle los medios de (in) comunicación no dejaron de hablar de “crimen pasional”. Nuestro dolor y nuestras muertas no serán su espectáculo televisado para ganar dinero. Cuanto más amplifican y naturalizan la violencia más colaboran con profundizar la violencia machista y la violencia social. Cuando criminalizan las manifestaciones sociales y estigmatizan a las feministas abonan el campo para la violencia. Cuanto menos dispuestos se muestran a repensar sus prácticas periodísticas más empobrecen la rica tradición de trabajadoras y trabajadores de los medios comprometidos con construir otra sociedad. Nosotras no nos callamos más, no nos callamos por nosotras mismas, por cada niña que han silenciado, por cada joven que ustedes estigmatizan. Y no nos callamos más también por cada trabajadora de la prensa que tiene que bancarse sus maltratos y su violencia.

¿Qué es lo que algunos medios de prensa no quieren mostrar? ¿Que nos queremos vivas y juntas?¿Que somos capaces de acompañarnos sin conocernos? ¿No se atreven a mostrar nuestra dignidad? ¿Quieren mostrarnos muertas o sin consuelo pero no quieren mostrar nuestra capacidad colectiva para poner límites?¿No son capaces de dar cuenta de nuestra capacidad de ser firmes, de decir lo que queremos y lo que no?

La lógica patriarcal de que el deseo femenino no cuenta, no importa, no vale conforma la dominación que unas veces mata y otras también, que siempre lastima y derrumba. No valió el deseo de separación para que el agresor entendiera lo que Carolina quería ahora para su vida. No valió el deseo de la familia de ocupar la calle pero no querer hablar. “Este sistema es opresor y patriarcal”, cantamos una y otra vez.

Es imposible no pensar en estas dos muertes y en la cara más cruda de la navidad que nos invita a consumir, realza los valores de una familia insostenible e invisibiliza la agresión hasta que se desata en nosotras. Pero en medio de la violencia hay algo de estar juntas que nos hace sentir a salvo, seguras. Tal vez por eso no nos queríamos ir. Nos acompañamos en los cantos, y también en el silencio. No un silencio cómplice con la agresión, un silencio hondamente furioso, que dice mucho para quien quiere escuchar. “Por cada una que cae, miles se levantan” cantamos al cierre. Ayer volvimos a decir que no somos víctimas, somos mujeres en lucha.

Fuimos las nietas de las brujas que no pudieron quemar y fuimos todas las nietas de la abuela de Carolina. No estamos paralizadas, estamos en movimiento. Estamos creando otras formas de familia más parecidas a una red de telaraña flexible y que sostiene y no a un pesebre de cerámica, inmóvil y frágil. Porque sabemos que nadie vive solo/a y que la pretendida autosuficiencia es lo más hondo del capitalismo introyectado. Queremos otras formas de interdependencia y reinventaremos otros días y otras formas en las que cocinar, comer, bailar, mezclar generaciones y hacernos regalos que celebren que estamos vivas. Nos merecemos también esos rituales.