Un emoticón de un ovillo de lana

Maria Noel Sosa / Foto: Francisca Marín
Este año la huelga feminista es un emoticón de un ovillo de lana. No es que antes no habláramos de tejernos, pero este febrero entre los miles de chats coordinando reuniones y enviando materiales descubrí que hay un emoticón de ovillo de lana en el WhatsApp. Y ese ovillito se me volvió la síntesis gráfica del proceso de este año y de lo que venimos haciendo hace ya rato. Nos estamos tejiendo, somos un entramado de rebeldías cada vez más denso, cada vez más creativo.

Hace semanas que nos estamos reuniendo en plazas, en distintos barrios. Parecen años, porque han sido días intensos. La Coordinadora de Feminismos, en su convocatoria a la Huelga feminista 2020 convocó desde diciembre pasado a que este año las plenarias fueran en plazas, espacios públicos y a hacerlas en diferentes barrios de Montevideo. En el interior desde fines de enero ya había reuniones, nosotras empezamos en la Plaza Goes, el sábado primero. En ronda, en el pastito y disfrutando el aire de la tardecita empezamos a recordar la organización de años anteriores y a imaginar esta huelga. Luego tuvimos cuatro plenarias más en Capurro, en Villa García, en La teja, en Barrio Sur.

En el medio están funcionando comisiones de logística, comunicación, baile/finanzas, proclama, autocuidado. Nos fuimos reuniendo semana a semana para organizar tareas y llevar propuestas a la plenaria. Mi celular explota día a día, se queda sin batería antes de que a mi me toque la hora del sueño. En esos intercambios, mientras iban llegando textos sobre los ejes temáticos que nos propusimos, una compañera que estuvo aportando al trabajo de comisiones pero no llegaba a la plenaria me manda un emoticón de ovillo de lana. Ella manda un ovillo de lana cómplice de nuestras formas de tejernos y yo le respondo con un guiño.

Ese ovillo rojo, chiquito y estático no dice todo el movimiento. Pero dice mucho. Porque evoca tejer más que articular, porque da cuenta de la paciencia, de lo nuevo que no es sólo la suma de partes. Evoca nuestra capacidad creadora, de abrigo en medio del frío. Y a mí además me evoca a mi mamá y mi tía abuela tejiendo. Me recuerda a como ellas conversaban y se sostenían en las tardes de mi infancia a la hora de la siesta. Me recuerda que de adolescente intenté aprender, logré una bufanda chueca y luego desistí de esa práctica que asumía ligada al encierro y al ser para otros. Durante un tiempo olvidé la importancia de saber tejer y paradójicamente recordé esa habilidad cuando me hice feminista. Curiosamente ahora que con urgencia necesitamos palabras nuevas para dar cuenta del modo de hacer política que estamos ensayando volvieron las tias, las abuelas, volvieron las madres y volvió el tejido.


Punto elástico

¿Cuánto puede una cuerpa? ¿Cuánto puede la cuerpa de una feminista en febrero? Estamos en plenarias y reuniones semanales de la Coordinadora de Feminismos desde el primer día de febrero y a la par cada una está en sus espacios con otras y otres. Estamos haciendo coreografias, textos, remeras, afiches. Y en medio inician las clases, damos exámenes, trabajamos, nos mudamos, cuidamos en hospitales, sostenemos. Todo eso por lo que pararemos, todo eso que visibilizamos cada 8M y cada día.

Cuánto puede mi cuerpo me pregunto a cada rato en medio del cansancio acumulado y al mismo tiempo me sorprendo de todo lo que podemos, una y cada una, cuando hacemos juntas y juntes. Y de a ratos, me olvido de la pregunta. Porque estoy segura de todo lo hermoso y potente que es mi cuerpo, que son nuestras cuerpas, que somos nosotras cuando nos encontramos desde la voluntad y el deseo de estar juntas, de hacer común no pese a nuestras diferencias, sino afortunadamente con nuestra diversidad.

Recuerdo a mi tía abuela y pienso que febrero es como un gran tejido de punto elástico, resistente y flexible al mismo tiempo. Los feminismos renovados en América Latina son cómo un tejido enorme que se empeña en irse dando forma propia. Un tejido calado y creativo para darse forma entre nosotras y nosotras,  que a la vez aprende a ser apretadito y firme para hacer frente a lo que nos violenta, desconoce, explota.

El nuestro es un tejido hecho de todas las tardes de sábado de febrero en plenaria. Hecho de encontrarse con compañeras nuevas, de reencontrarnos entre conocidas. Un tejido tan elástico que une a unas compañeras que van de Villa García a La teja para pensar juntas un viernes a la noche y que sigue sumando compas al whatsapp 8m 2020. No tenemos molde de tejido, tenemos muchas libretas que hacen croquis de calles, anotan frases que salen lindas y anotan gastos. Tenemos un gráfico/mapa que nos ayuda a imaginar una marcha con bloque percutivo antirracista, con mujeres del circo, con abrazos caracol, tambores, proclama colectiva. Tiene una bolsa de manzanas circulando mientras pensamos cómo decir gentrificación de un modo más simple. Tiene los recuerdo del momento en el que lloramos en la marcha del año pasado y una fila alborotada para estampar una remera hermosa con fuego violeta. Tiene un auto hasta las manos que en el techo tiene botellas y bidones entre piolas enredadas. Tiene una computadora a cuatro manos tratando de hacer entre voces múltiples una proclama que tenga tanta densidad como poesía. Tiene risas de lo raro que suena despatriarcalizar y desracializar y al mismo tiempo miradas que se cruzan y afirman que ese es nuestro deseo, que eso es lo que hacemos juntas y que esa es nuestra lucha.


Punto arroz

En años anteriores desde Argentina las compañeras usaban la metáfora de que una huelga se cocina. Es cierto, una Huelga feminista se cocina. Podríamos decir también que huelga se gesta y se pare. Nuestra huelga se prepara con todas nuestras capacidades, con todo lo que heredamos de otras.

Tal vez antes decir cocinar en los espacios políticos era mala palabra. Era doblemente mala palabra. Porque es lo que daba cuenta de las suspicacias, de lo que se hace por fuera de los acuerdos colectivos. Pero era también mala palabra porque es consecuencia de la desvalorización de la tareas reproductivas que siempre hicimos nosotras. Y decirle despectivamente cocina a las mil horas que usábamos para hablar, para rumiar temas, para compartir dudas era siempre el lado invisible. Nosotras aprendimos que cualquier proceso político se cocina, en el sentido de prepararse, de ser algo nuevo y más rico que los ingredientes separados. Hacer una huelga es mucho trabajo, hay que acordar recorrido, consignas, textos. Hay que pintar pancartas, coordinar las mil intervenciones propuestas a la par que abandonar ese impulso controlador que cada una tiene. Es pensar cómo nos vamos a cuidar. La decisión también se produce, conversando, escuchando, conociendo. Pensar otros modos más no jerarquizados no es sólo llamar a una asamblea y votar. No es sencillo, pero es posible inventar otros modos. Nosotras en estos años estamos aprendiendo a valorar eso, el cómo y el qué y de a poco vamos construyendo un artefacto político extraño intentando generar una suerte de dispositivo de inclusión en el que todas las que quieran estar estén, en la que se valore el trabajo, en la que no se instrumentalice.


Ochos calados

Cada otoño mi mamá empezaba a preparar la ropa que íbamos a necesitar en invierno, buscaba los buzos más viejos para desarmar y reciclar la lana y yo la ayudaba a  desovillar. Mientras preparábamos los textos y la proclama de este año pensaba en ese mismo proceso, el de tomar una lana vieja, que había sido un diseño bonito y que había cobijado para volver a hacer, con esa lana vieja y con lana nueva, un tejido renovado. Pensé en cuánto se parece este ejercicio colectivo de ir tomando el hilo de lo que tenemos hasta entonces, rescatar cuidadosa y críticamente lo que sirve, tratar de irlo haciendo ovillo nuevo, cuidando que no se enrede o desenredando con cuidado cada nudo de tensión porque se sabe que esa lana es valiosa y que seguirá siendo útil. Seguramente aprendimos de nuestras abuelas y madres que de lo roto también se puede componer un tejido con diseño nuevo, con colores renovados. Y también aprendimos que hay cosas que hay que desarmar para hacer otras, que hay cosas que en ese camino hay que tirar.

Uno de los puntos que más me gustaban del tejido eran los que se llaman ochos calados técnicamente y que en la jerga es simplemente los 8. Como ahora el 8 de marzo es nuestro 8. Para hacer un ocho hay que ir “cruzando puntos”, como nosotras, yendo de un lado al otro de la ciudad, cruzando ideas, sentires, propuestas que van componiendo nuestra estética y nuestra política.

En Villa García en medio del pasto compartimos nuestras vivencias de precariedad, nuestros problemas de vivienda, nuestras ganas de estar más con les hijes, lo que supone criar hijes ajenos. Todas queremos aportar, alguna se da cuenta de una falta de ortografía, otra ensaya como escribir lo que discutimos entre todas. Cuando las compañeras de Desmadres nos comparten su propuesta y leemos “transformamos la culpa en rebeldía” nos emocionamos, me emocioné, como me emociono de saber que muchas van a marchar con sus hijas, que estamos luchando juntas por maternar desde el deseo juntas, aunque yo no tenga hijes. En La teja, en una Plaza Lafone de un viernes de carnaval frio las compañeras que vienen del mundo artístico trajeron su texto. Cuando leímos “queremos tiempo para el arte, queremos todo” también me emocioné. Y más tarde, apretadas en una cocina y con la murga de fondo en el local de El tejano las profes feministas, en diálogo con otras compañeras de la educación propusieron un texto potente sobre las alianzas insólitas, sobre parar en domingo. Y cuando lo leímos dijimos entre risas, “no hay que cambiar nada, las maestras y profes escriben bien”. En cada plenaria las compañeras del bloque antirracista insisten en que los textos digamos que estamos construyendo un feminismo antirracista, que necesitamos seguir visibilizando, haciendo juntas. De a ratos nos enredamos entre el énfasis de la violencia concreta a la vez que queremos ver juntas de manera más fina como la dominación capitalista, racista y patriarcal compone este mundo, para seguirlo transformando. Cuando leemos juntas su propuesta de “Sepan que donde habitan nuestros cuerpos habita la lucha antirracista” todas nos emocionamos. En Radiopedal leímos en coro en modo ensayo general toda la proclama y la piel se me eriza. Ahí  todas somos migrantes, todas estamos en lucha, todas somos ese entramado potente.

Con estas y mil otras imágenes vuelvo a pensar en esa necesidad de usar otras palabras para dar cuenta de lo que estamos haciendo. Tal vez por eso insiste el ovillo, el entramado, porque tejer da más cuenta de nuestro proceso que la palabra articular. Tejer es también que estemos diciendo acordar, que no es lo mismo que aprobar. Eso nos refleja más, porque hemos hecho 10 textos ejes y una proclama que se va acordando punto a punto sin lista de oradoras, con tensión por momentos pero sin votar. Un texto que trae voces distintas e intenta una melodía común. Una que no dice exacto todo lo que queremos pero que nos ayuda a ver que se puede ir haciendo consensos o síntesis parciales juntas a la vez que cada una seguirá haciendo sus propios énfasis. Decir que somos un entramado es saber que nos necesitamos todas, que la lucha es juntas, pero ser críticas con lo único como universal hegemónico masculino. Decir tejer me gusta más que asumir una unidad rígida. A nosotras nos gusta sabernos diferentes, armar con eso una huelga entretejida, que nos viste y nos cobija a todas. Decimos una y otra vez que “Confiamos en nuestra política feminista y en nuestra fuerza”. Lo decimos, lo sabemos, lo sentimos y el domingo entre todas lo vamos a gritar juntas.