Un marinerito me tiró un papel

María Noel Sosa (Colectivo Minervas)
Hace unos días comenzó a circular en las redes sociales el relato de mujeres jóvenes que denunciaron a un guardia de la republicana. El hecho que dio lugar a tal denuncia muestra una cruda conjunción de lo peor de lo que en nuestra sociedad patriarcal entendemos como “amor romántico”, junto a un nuevo hecho de abuso de funciones de oficiales policiales que parece ser cada vez más recurrente.

Un marinerito me tiró un papel
a ver si quería casarme con él,
tanto que insistía con ese papel
hasta que mamita lo llegó a saber
- dime chiquitita, dime la verdad
si con ese hombre te vas a casar,
no, no, mamita no, no no papá
soy muy chiquitita
y me puede engañar.
Rota la galera, roto el pantalón,

rota la levita de ese compadrón



Ambas jóvenes se encontraban en la calle, en las inmediaciones de un centro comercial. Una de ellas fumaba marihuana. El guardia se acerca y fuera de protocolo y sin amparo legal le indica que apague el cigarrillo. Luego, también fuera de protocolo, registra sus datos, incluido su teléfono celular. Las jóvenes le señalan que no estaban cometiendo ningún ilícito y agregan que no querían brindar tal información, pero frente a la amenaza que supone un hombre de mayor tamaño, uniformado y armado, con presunta más fuerza que ellas y con presunta autoridad legal, acceden a apagar el cigarrillo y a brindarle los datos. Como estaba lloviendo, en el transcurso del imprudente e incorrecto procedimiento una de ellas comentó: "hace diez minutos que estamos acá paradas lloviendo, nos vamos a enfermar".  Luego del episodio se van a su casa en taxi y poco después una de las jóvenes recibió un mensaje  que decía "espero no te enfermes". Está claro que este señor no necesariamente esperaba que le contestara, ni tenia la ilusión de empezar con eso una relación. Igual que con los mal llamados piropos es sólo una demostración más de poder patriarcal.

Frente al acoso del mensaje de uno de los guardias, la joven no se quedó callada. Denunció en las redes y en el Ministerio del Interior. Al constatar el abuso de funciones y la falta del funcionario, los oficiales fueron sancionados. El director nacional de la Guardia Republicana, Alfredo Clavijo, se refirió en la prensa sobre el episodio, pidió las disculpas del caso, asumiendo que lo realizado está "totalmente apartado de los protocolos". Pero, agregó que a su entender lo que hizo el agente fue "muy romántico, la verdad". "Creo que no hay que dejar de pasar esto, pero me parece que la Republicana tome un teléfono para mandar un mensaje es como muy romántico".

Es como si el repudiable hecho pudiera leerse en clave de película romántica, con música melosa. Parece que para Clavijo- y seguramente para otros-, el hecho pudiera representar la siguiente escena: “Es invierno, hace frío. La lluvia se hace sentir. Ella, simplemente con su cuerpo de mujer. Él, uniformado con su equipamiento represor, trata de conseguir su teléfono. Ella está mojada, se puede enfermar y él en un gesto de cuidado le escribe para saber cómo está”.

Pero no, no hay lugar para la dulzura, ni el cuidado, ni para romances de película en las que los protagonistas se conocen y enamoran en situaciones extrañas. Se trata de violencia institucional y no caben ni flores ni bombones. El acoso callejero, es acoso. Es violencia machista, aunque se nos venda bajo el eufemismo de piropo o halago. En este caso se suma que el guardia de la republicana se ampara no sólo en el lugar de hombre que piropea más para demostrar su poder sobre nuestro cuerpo que por una real ilusión de tener suerte y conseguir una respuesta favorable. En este caso busca, desde su lugar de policía, imponerse, mostrar su poder. Es además violencia institucional, de un oficial que opera fuera de lo que le es permitido, violentando a dos mujeres.

Pero el asunto siguió tras la denuncia. La misma joven recibió un nuevo mensaje “Si vos y tu amiga drogadicta son unas putitas que andan deseando que se las carguen los milicos, hazte cargo, pero no difames así a una persona de bien porque te va a ir peor. Puta. Sos una feminasi (sic) prostituta” ¿En qué momento se le ocurrió a este señor que dos mujeres están solas y fumando no sólo por el placer de su mutua compañía sino porque esperan ser “cargadas”? ¿No puede asumir que no están queriendo provocar a nadie, y que es él mismo el que lo supone? ¿Es tan difícil de asumir que son ellas las que deciden a quién y cuándo dar su teléfono, a quien mirar y con quien tener relaciones amorosas y/o sexuales?

Frente al rechazo, y en este caso denuncia, el guardia opera con el mismo mecanismo y el mismo tipo de insultos que emplean otros frente a una mujer que se sale de los roles esperados. Si no se es lo que el hombre quiere se es puta, prostituta. Y en este caso se agrega el insulto que ahora parece estar de moda, el de feminazi. Parece que en el marco de un nuevo ciclo de movilizaciones feministas, frente a una nueva generación de mujeres que no estamos dispuestas a callarnos, hay que insultar también al feminismo, desde una obscena comparación con uno de los peores regímenes de poder y muerte que hemos tenido como humanidad, en el que además las mujeres fuimos más bien víctimas y no victimarias.

El amor romántico es la herramienta más potente para controlar y someter a las mujeres, nos dice la feminista Coral Herrera. “Por amor” las mujeres nos aferramos a situaciones de maltrato, abuso y explotación. Somos capaces de humillarnos “por amor”, y a la vez de presumir de nuestra intensa capacidad de amar. “Por amor” nos sacrificamos, nos dejamos anular, perdemos nuestra libertad, perdemos nuestras redes sociales y afectivas. ¿Qué sucede cuando las mujeres nos salimos del amor romántico? ¿cuando logramos detectar singular o colectivamente sus trampas?.

Seguimos inmersas en una cultura del amor romántico que solapa abusos. El mismo de las canciones infantiles que algunas de niñas escuchamos en boca de otras mujeres mayores. Igual que el marinerito pesado, que tiraba papeles y molestaba con la idea de casarse, el marinerito usa ahora otro uniforme y manda whattsup, pero la violencia sigue intacta, en su acto y en la justificación de sus superiores. Pero al menos en este caso no sólo se enteró la madre. Al fin en esta historia, las mujeres no están dispuestas a tolerar abusos, no se creen tan fácilmente el cuento. Aunque además de cuestionar los abusos disfrazados, tenemos todavía como mujeres la responsabilidad de saber contener las violencias que estos corrimientos suponen y romper juntas “la levita de ese compadrón”.