Vivir en Plaza de la dignidad

Elma Tapacos / razacomica.cl
La Plaza Baquedano de Santiago, conocida como Plaza Italia, ha sido el epicentro de las movilizaciones que han despertado Chile. Por ello, de aquí en mas esa plaza es la Plaza de la Dignidad

Cuando se cumplía una semana de las protestas, la TV mostraba una nota que titulaba «El drama de vivir en Plaza Italia», el encuadre majadero de los medios de comunicación masiva aislaba otra vez a los que Mariano Puga identificó como aquellos «que deben taparse la cara para contribuir con su cuota de violencia». Lo dice bien Don Mariano, porque contribuyen, aunque incluso desde el Zurdistán se los trata de fosilizar, la idea -probablemente instalada por la inteligencia rusa en nuestras cabezas- es que son el producto más inasible de la codicia, yo también he repetido como loro la frase. Pero mi experiencia en estos días me dice que no son una simple y llana cosecha del sistema. Están en el margen, no doblan el espinazo, no agachan la cabeza. Para mí no son un “producto” y lo difuso de su significado es un completo gesto de insurrección, que acompaña los gritos, los carteles, los disfraces y la dignidad de la calle.
 
Al encuadre majadero de la prensa he tratado por estos días de oponer mi propio encuadre, mi propia experiencia de vivir en el sector de Plaza Italia. Anoche, por ejemplo, aquí en mi calle en la postal aparecían las estelas del humo que dejan las lacrimógenas, jalabineros que avanzaban tras esa estela apuntando y un helicóptero que pasaba insistentemente llenando de ruido y una luz siniestra la calle. Esa era la imagen que llenaba mi mirada, todo eso mientras en la TV daban Titanic.
 
Si voy más atrás veo una once en mi departamento con algunos vecinos, veo en la mesa el pan amasado exquisito que cocinó la vecina del 02. Días después en la misma mesa veo a mi hijo incentivado por su maravilloso tío, dibujando un alienígena para su cartel. Luego salto hacia atrás y me veo unos días antes junto a ex vecinas (ahora nuevas amigas) comiendo sushi en un restaurante, con la cacerola y la cuchara de palo apoyada en mis rodillas. Veo a casi todos los que llegan al lugar con la cacerola y la cuchara apoyada en sus rodillas, me miro y me veo medio contenta de encontrar un lugar abierto, medio avergonzada de estar ahí, mientras comemos por fuera pasan tanquetas con milicos.
 
Otro día, a media cuadra del local de sushi, veo un niño de 14 años con dos perdigones en la mandíbula. Venía a protestar a Plaza Italia desde lejos, desde ese sur de Santiago que yo abandoné hace años. Una desconocida con una ternura infinita, lo llevó hasta la urgencia porque se quedó solo. Sus amigos habían sido “dispersados” (¿así se dice en la Tele cuando quieren decir reprimidos no?) por jalabineros, recuerdo los sushis que me había comido hace unos días a media cuadra de ahí y me dan ganas de vomitar.
 
Luego viene otro recuerdo, se están quemando cinco micros y empiezan a saquear la farmacia de la esquina. Escucho a alguien decir -“toy que voy a sacar una cremita”, le sonrío, lo pienso, pero mi moral pequeño burguesa tiende una cadena entre mi olla, mi cuchara de palo y mis pies, se me hace imposible caminar hacia la farmacia.
 
Otro día estamos en asamblea de barrio. Entre medio, pasan y pasan los manifestantes que se devuelven a sus casas. Pasa el carro lanza agua amenazante, 1, 2, 3, 4 veces por el lado de la asamblea y nos ponemos nerviosos. Un compañero toma el micrófono y dice que el paso del carro lanza agua es parte de una campaña de incentivo que habían preparado en la comisión de acción directa, además que en sus reuniones hay quequitos. Nos reímos. En la misma asamblea pasa un punky, se pone a gritar-nos, hay que quemarlo todo dice, las barricadas dice, no hay que hablar, hay que poner el cuerpo dice. Al lado mío está sentado un chiquillo que recuerdo de cuándo intenté practicar meditación. Esto es un zoológico pienso, un bello zoológico.
 
Otro día, marchamos de nuevo, nos encontramos a Don Recoleto en medio de la marcha y la gente lo saluda con alegría, le piden fotos, a mi me toca tomar un par, él sonríe con su dentadura casi tan blanca como su camisa, con la legitimidad que le da su obra, un nombre se me clava en la frente, el de un compañero de militancia de Don Recoleto, Eduardo Miño, quién hace casi 20 años, antes de quemarse a lo bonzo frente a la moneda, reparte una carta que cierra con la siguiente frase “Mi alma que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia”.
 
Descubro que me han repetido tan majaderamente que son hechos aislados, que por más que sepa que no lo son, no me es posible juntarlo todo, apenas alcanzo a dibujar con palabras un conjunto. Ese conjunto es mi propia experiencia de vivir cerquita de la Plaza de la Dignidad, el lugar dónde el pueblo va a poner el cuerpo a ese montón de historias de humanidad e injusticia, el lugar donde por estos días los estereotipos no sólo se han roto, sino que el pueblo juega con ellos, los transforma en fantasmas o espantapájaros, a los que interviene de contrabando. Vivir en la Plaza de la Dignidad por estos días no es fácil, pero no es un drama, es pura vitalidad, pura humanidad.